El extraño caso de Julián Domínguez en el universo peronista

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(Por Ignacio Cantala) La coyuntura política del peronismo está plagada de incertidumbre, indefiniciones, amagues y recelos, aunque con un dinamismo y vitalidad que se impone a cualquier vacilación.

Observando el variopinto mundo de dirigentes peronistas que transita este escenario es posible clasificarlos en tres grandes grupos. La clasificación no es etaria, ni de procedencias o de responsabilidades actuales. En los tres grupos pueden ubicarse intendentes, legisladores, ex ministros, ex candidatos, sindicalistas, referentes sociales, etc. Se trata de una clasificación en base a acciones y movimientos políticos.

En un primer grupo, se ubican los dirigentes que afirman que estos temporales se pasan con  paciencia y templanza. En su horizonte, la unidad es la prioridad sin importar matices o diferencias. “Sino vamos unidos al menos vayamos juntos” repetían muchos en el último encuentro del PJ Bonaerense. Sus niveles de apertura y predisposición al diálogo van a la par del olvido de las condiciones que los construyeron como actores políticos. La conquista del poder como fin y el pragmatismo como dogma puede ser una formula sencilla para entenderlos.

Un segundo grupo comparte la prioridad de la unidad pero discute las lógicas del amontonamiento sin estrategia. En este sector se ubican dirigentes que portan un valor cada vez más infrecuente en la política: expresar en público lo mismo que dicen en privado. Apelan a la construcción de la representatividad popular y buscan la unidad aunque hacen sentir las diferencias. Su cosmovisión política podría resumirse en que las ideas y las convicciones no renuncian ante el pragmatismo, el marketing y el sostenimiento del poder para permanecer en el sistema.

Por último, está el grupo de los infalibles. Se creen príncipes de la política, la realeza de la no monarquía. Llaneros solitarios que juzgan el pasado reciente, sus historias y el futuro en función de sus propios intereses personales. Este grupo quizás sea el menos numeroso, pero lo integran algunas “figuras estelares” que hacen a este sector muy visible en las arenas mediáticas.

Aquí se ubican los dirigentes de juicios terminantes, de trayectorias sin errores ni tropiezos, amigos de los medios de comunicación pero escasos de representatividad y votos en el territorio.  Habitualmente se los clasifica como oportunistas, ambiciosos o liberales.  Para los más fatalistas son traidores y para los benévolos son panqueques o simplemente cuatros de copa. Su ambición individual es su pecado. Aunque la mayoría de los peronistas los considere despreciables ninguno niega la vasta fauna que de ellos habitan el movimiento.

El mejor ejemplo actual de este universo es Julián Domínguez. Las facturas a su nombre por parte del peronismo bonaerense se acumulan a un ritmo mayor que el endeudamiento de Macri.  En primer lugar, ya nadie duda de su intervención en la denuncia mediática contra Aníbal Fernández en el marco de la interna por la gobernación.  Por ello lo responsabilizan de la derrota electoral y por su impacto también le cargan parte de la culpa por la derrota nacional.

 

El extraño caso Julián Dominguez

Perdió en Chacabuco, su tierra natal, y un solo intendente dice que le responde. Aunque cada vez lo repite menos. También perdió a sus hombres más cercanos, alejados por la ausencia de rumbo o por no seguir a un dirigente con rumbo individual. Entre ellos, deben contarse al padre de la nieta de la ex mandataria, útil en su campaña a Gobernador, y al desaparecido en acción “Grupo San Martín”.

“Nosotros discutimos y hacemos la autocrítica en nuestras reuniones y Congresos. Incluso podemos hasta subir el tono y decirnos cualquier cosa, pero lo hacemos de frente…éstos que nos dicen a través de los medios lo mal que hicimos tal cosa o tal otra o lo que deberíamos hacer son seres mediocres” afirmó un dirigente de renombre que tomó la palabra en varias oportunidades en el último congreso partidario en La Matanza.

En pos de la unidad el interlocutor no dió nombres, pero el mensaje era para Domínguez. Algunos también suman a Florencio Randazzo como destinatario.

A quienes se dividían y reinaban en la cuarta sección electoral el 2016 no les resulto un año grato. Los socios históricos en el reparto de influencias y referencias en el interior del oeste bonaerense se encontraron sin techo, sin tropa y sin votos. Fieles a su estilo, promueven reuniones de café, teorizan y conspiran, pero sin el poder que les asignaba la gestión de recursos del estado sus interlocutores los visualizan como pares.

Los recelos también provienen del sector de intendentes cercanos al Papa, que creen que Julián Domínguez sobreactúa la relación con el Papa y manipula vínculos en función de ello. “Si el Papa dice azul, él pinta azul oscuro”  dicen en broma para graficar al exegeta local recargado.

El último dato que refuerza la idea de Domínguez como mejor expresión de este grupo de peronistas “serios e infalibles” es su participación en el acto de la Gobernadora Vidal junto a Duhalde, Rico, Ishii y Cariglino, en el intento del macrismo por generar una lista de peronistas retirados que le reste votos a la lista de unidad que surja del seno del PJ.

Pese a su pasado como ex funcionario juvenil del menemismo, delfín de Ruckauf en su paso por la provincia de Buenos Aires donde compartió gabinete con Aldo Rico, o siendo  jefe de campaña de Chiche Duhalde en la interna peronista contra Cristina en el año 2005, Julián Domínguez supo reconvertirse para salir airoso en la nueva coyuntura que imponían los tiempos.

En el acto donde Vidal inauguró la moratoria del peronismo Julián Domínguez estuvo incluido pero en esa ocasión puso en juego  una de las virtudes de quienes juegan múltiples partidas, siempre con su cara de humilde paisano cristiano. Para la ocasión tomó la precaución de no salir en la foto que coronó el encuentro.

La moratoria peronista lanzada por Vidal tiene una finalidad clara: fracturar y atomizar el voto y las expresiones de quienes se sienten interpelados por la doctrina justicialista. Los movimientos de Julián Domínguez lo muestran en sintonía con esto. No sería la primera vez que somete su voluntad a los designios de los poderes económicos y mediáticos.

La mayoría de quienes integran la recientemente creada Comisión de Acción Política del PJ Bonaerense creen que se trata lisa y llanamente de un juego compartido con Duhalde, Vidal y Clarín para dividirlos.

El psicoanálisis es útil para entender el recorrido de Dominguez: cuando alguien entra en crisis suele volver a los orígenes. Su nuevo entorno reconoce que aún le cuesta disimular la vergüenza.

Al final del día y de cualquier análisis, hay algo que atraviesa al conjunto del peronismo, al contenido en estos grupos y a los que quedan por fuera, algo que solo el tiempo y la sociedad terminarán por resolver: el rol de Cristina Fernández de Kirchner.  Los que quieren ganar a toda costa saben que es la única que mide y tiene los votos, los que quieren ganar por convicciones ideológicas saben que es la única que los representa cabalmente y los que miran la política desde su ombligo no saben qué hacer.

Julián Domínguez afirmó recientemente en relación a la ex presidenta Cristina Kirchner que “es preciso encontrar nuevos liderazgos” porque “vino nuevo no puede servirse en vasijas viejas”.

Resulta raro que quien fuera fue funcionario de Menem, Duhalde, delfín de Ruckauf, quien se sumó a una operación del poder económico que resultó fundamental en la derrota de la provincia de Buenos Aires,  quien en el escenario actual de unificación del peronismo decidió participar de un acto con la gobernadora Vidal y con los dirigentes peronistas que la sociedad bonaerense más rechaza se considere vino nuevo.

Cuando este cronista buscó opiniones en el mundo del peronismo ante estas declaraciones no encontró palabras sino el gesto de hombros fruncidos y cara de piedad. Son tiempos de inimputabilidad.

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