Los cambios de Macri

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(por Andrés Fidanza) Desde el escenario de Costa Salguero, tras el ajustadísimo triunfo de Horacio Rodríguez Larreta contra Martín Lousteau, Mauricio Macri ensayó un giro discursivo algo inesperado. El por entonces candidato presidencial ablandó su libreto, en contra de lo que esperaba la tribuna del PRO. Si bien la victoria en los penales del balotaje había sido bastante angustiosa, la sucesión amarilla en la ciudad ya estaba garantizada. Y ese era uno de los requisitos indispensables para que Macri tuviera chances reales en contra de Daniel Scioli.

En el speech de Macri, sin embargo, abundaron los guiños continuistas respecto al ciclo de los Kirchner. Previsiblemente, la reivindicación de la AUH, sumada a la defensa de YPF y Aerolíneas Argentinas estatales, desconcertó a la muchachada presente en el salón, al punto de que algunos empezaron a chiflar. ¿Reprobaron a Macri? No necesariamente. Aunque a diferencia de la lealtad indiscutible que tenían los camporistas hacia “la jefa”, no todos los muchachos y muchachas macristas son “soldados” de un único líder. Ya entonces, y hoy de forma mucho más explícita, existían otras referencias dentro del PRO: la actual identificación con María Eugenia Vidal ubica a muchos militantes al borde del desdén hacia el presidente. Aquellos chiflidos, de todas formas, fueron una especie de acto reflejo ideológico, más que de un desaire hacia Mauricio.

Por aquellos días de julio de 2015, el cálculo macrista era que con los votos del núcleo duro, con el mero apoyo de los cebados de sangre populista no iba a alcanzar. Ser antitribunero por un minuto era la vía más eficaz para ser tribunero frente al cuadro general.

Ahora, tras su primer tercio de gobierno, el macrismo da por cerrada su etapa dialoguista y zen. Si bien muchas veces se trató más un guión buenista que de una praxis real, la novedad oficialista es la radicalización de las palabras y de algunas acciones. Desde Casa Rosada promueven la proliferación de dirigentes que les muestren los dientes a los gremialistas, los docentes, los piqueteros y los kirchneristas.

En contra de lo que sugería su manual histórico de la concordia declamada, Marcos Peña se plantó como el modelo de los cruzados. Siguiendo su ejemplo, ya varios ministros y funcionarios incorporaron el tono post 1A: Hernán Lombardi, Esteban Bullrich, Jorge Triaca, Patricia Bullrich y hasta Diego Santilli levantaron sus perfiles y volvieron más belicosas sus apariciones.

Casi dos años después de haber defraudado retóricamente a su hinchada más leal, ahora Macri parece acatar el pliego de demandas de la plaza del 1-A. Sin demasiados éxitos económicos de los cuales jactarse, el gobierno opta por hacer la tabla del uno retórica. Y a la pasada así renueva su contrato de fidelidad con la base propia. Porque todo gobierno necesita un anclaje que le funcione como piso electoral. Además en una legislativa, a diferencia de lo que pasa en las presidenciales y en un balotaje, los votantes tienden casi naturalmente a la dispersión. El mayor riesgo de la jugada macrista es que el lenguaje de la polarización política no alcance para calmar el de la demanda económica y social. O mejor dicho, que la crisis vuelva demasiado evidente que se trata de dos idiomas distintos.

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