Rodolfo Walsh: Entre la pluma y la acción

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(Por Santiago Masetti)     Periodista, jugador de ajedrez, militante revolucionario, escritor, comerciante de antigüedades y criptógrafo fueron algunas de las pasiones que marcaron su vida. Entendió y vivió al periodismo para intervenir en política. Desde los fusilamientos de José León Suárez, pasando por la Revolución cubana, hasta su caída en combate con una patota de la última dictadura cívico-militar.

“Hay un fusilado que vive” escuchó en un café de La Plata y cambió su vida para siempre. Ese murmullo, dicho en voz baja, no sólo marcaría un antes y un después en su vida periodística y política, sino que daría nacimiento al periodismo como intervención política y concepto de verdad desde una determinada parcialidad.

Gracias a ese murmullo, Walsh indagó con aguda percepción periodística los fusilamientos de 14 militantes peronistas en los basurales de José León Suárez en 1956, llegando a conclusiones que ponían al descubierto la esencia represiva y criminal de la sangrienta “Revolución” Libertadora.

Pudo encontrar a algunos sobrevivientes de aquel macabro fusilamiento; reconstruyó el hecho, indagó, entrevistó, llevó a las páginas de los periódicos todo lo que sucedió y lo plasmó en su primer libro: Operación Masacre, aquella investigación periodística se convertiría en una obra literaria sin ficción.

Luego, aparecieron textos como el Caso Satanovsky, una colección de artículos compilados en forma de libro, y publicó ¿Quién mato a Rosendo?, una nueva indagación profesional sobre el asesinato de dirigentes sindicales peronistas en Avellaneda por parte del vandorismo.

A fines de la década de los cincuenta, escuchó la historia de una revolución imparable. Leyó noticias de unos barbudos que combatían a la dictadura de Fulgencio Batista en Cuba y que, con el correr de los meses, tomaron paulatinamente toda la geografía de ese país caribeño, hasta alcanzar definitivamente el poder, el 1 de enero de 1959.

Ese año llegó a La Habana y junto a Jorge Ricardo Masetti, Gabriel García Márquez y Rogelio García Lupo, entre otros destacados periodistas, fundaron la agencia Prensa Latina, con el objetivo de contrarrestar la guerra mediática a la que era sometida la Revolución cubana.

En aquellos momentos relató que “la campaña contra el gobierno alcanza una intensidad jamás vista en la historia, las agencias que monopolizaban el mercado mundial de noticias pusieron en marcha esa catarata de basura informativa que dura hasta hoy, preparando el terreno para la cadena de agresiones que iba a culminar en Playa Girón”.

Con su agudo y directo estilo de escribir, relató que el trabajo en Prensa Latina consistía en “dar una imagen de los países latinoamericanos que no esté formada por los intereses ajenos a nuestros pueblos, pero no se hace retórica, ni propaganda, se trabaja duro y con la verdad”.

En Cuba, creció como redactor y fue el jefe del Departamento de Servicios Especiales de la primera agencia de noticias latinoamericana. Un día o noche, en la sala de redacción, desde el teletipo que se encontraba allí, apareció un extraño mensaje compuesto por cifras y letras sin sentido, que notaba claramente que se trataba de un mensaje de los comúnmente utilizados por los servicios de inteligencia para comunicarse con sus agentes.

Walsh, ayudado por unos elementales libros de criptografía, que había comparado en una vieja librería de La Habana, se dio a la tarea de tratar de descifrar aquellos mensajes. Cuando reveló su contenido, descubrió que se trataba de una serie de informes elaborados por la Agencia de inteligencia estadounidense CIA en Guatemala con destino a Washington, donde describía la preparación en ese país centroamericano de una fuerza mercenaria destinada a invadir a Cuba, hecho que se consumó un tiempo después en Playa Girón.

García Márquez lo recuerda así: “Todos los días llegaba (Walsh) con la jodedera de que ya estaba logrando hacer el alfabeto, que ya estaba descifrando y nos cagábamos de risa de él. Y de pronto se presenta con aquello traducido, bueno, ahí comenzaron los preparativos de defensa, y fue la primera información concreta que tuvo el gobierno cubano de lo que se estaba preparando, y ya tenía los lugares, tenía todo, porque Walsh tradujo todas las instrucciones de ida y de venida”.

Lo consiguió al cabo de muchas noches insomnes, sin haberlo hecho nunca y sin entrenamiento alguno en la materia, y lo que encontró dentro no sólo fue una noticia sensacional para un periodista militante, sino una información providencial para el gobierno de Cuba.

Luego de vivir dos años en la mayor de las Antillas, Walsh regresó a la Argentina. A su profesión de las letras, le faltaba la novela para consagrarse como escritor. Pero después de Operación Masacre, y de su estadía en Cuba, decidió que en Argentina no podía desvincularse la literatura de la política. Había decidido. “Empiezo a asimilar lo básico del marxismo y mi nivel de conciencia es hoy bastante mayor. No aceptaría hoy incluir una cita de un bufón como Manucho (Manuel Mujica Láinez) en la contratapa de un libro, ni vacilaría en rechazar una beca en USA.”, dijo.

Para Walsh, 1968 fue el año en el que cambió todo. En Madrid, Juan Domingo Perón le presentó al secretario general de la CGT de los Argentinos, Raimundo Ongaro,y el 1 de mayo apareció el semanario CGT, que fundó y dirigió por expreso pedido del ex presidente argentino, que entonces se encontraba exiliado en España.

En 1969, Walsh comenzó a militar en el Peronismo de Base hasta el año 1973, que pasa a las filas de la organización Montoneros. Allí ingresa con el seudónimo de Esteban y es el creador y responsable del departamento de informaciones de esa estructura política.

También fundó con su amigo y compañero, Paco Urondo, el periódico Noticias, destacándose a la vez como redactor, mientras continuaba con su militancia orgánica.

Cuando la junta militar da el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, crea la Agencia Clandestina de Noticias (ANCLA), para combatir desde las letras a la dictadura. “Reproduzca esta información, hágala circular por los medios a su alcance: a mano, a máquina, a mimeógrafo, oralmente. Mande copias a sus amigos: nueve de cada diez las estarán esperando. Millones quieren ser informados. El terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad. Derrote el terror. Haga circular esta información”, escribió.

Un terrible hecho cambiaría, una vez más, la vida del periodista. El 29 de septiembre de 1976 muere en un enfrentamiento su hija Vicki. Tenía 26 años y era militante de Montoneros. También, las fuerzas militares habían matado a su amigo y colega Paco Urondo, dos meses antes en Mendoza, hechos que lo marcaron de manera importante.

Al cumplirse un año del golpe de Estado, envió la famosa “Carta Abierta de un escritor a la Junta militar” a varias redacciones de diarios, y nadie la pública. Al otro día, Walsh es secuestrado por un grupo de Tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). Según testigos, el oficial de Marina Alfredo Astiz tenía que taclearlo, pero falló en su intento. Esto generó una momentánea confusión que permitió al periodista gatillar el revólver calibre 22 que guardaba en la entrepierna, hiriendo a uno de sus agresores. El grupo de tareas no dudó en descargar fuertes ráfagas sobre su cuerpo y lo llevaron prácticamente sin vida a la ESMA, donde murió por las heridas ocasionadas.

En ese lugar de exterminio de la última dictadura cívico-militar, Rodolfo Walsh encontró el doloroso frío de las balas, que tantas veces relató, pasando su nombre y figura a la eternidad a través de sus textos, que en clandestinidad o democracia, engrosaron las bibliotecas de los militantes populares, y su forma de hacer periodismo se convirtió en una poderosísima arma letal al servicio de los pueblos.

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