Mientras transcurre la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), que inicialmente fuera postergada por el propio gobierno colombiano, y la violencia de la administración de Iván Duque se mantiene en ascenso, aparece en escena una noticia que hace ilusionar a más de uno en esa nación y en el resto de los pueblos de Nuestra América.

El movimiento indígena de ese país anunció que participará de la consulta electoral del denominado “pacto histórico”, y que llevará candidatos propios para las elecciones próximas, la que se rezarán el año que viene, donde se elegirán senadores, representantes a la cámara y presidente de la República. 

La noticia, o el anuncio, se conoció luego de finalizada la Tercera Convención del Movimiento Alternativo Indígena y Social (MAIS), donde fueron postulados los precandidatos Arelis Uriala, Feliciano Valencia y Ati Quigua, pertenecientes a los pueblos indígenas Wayuu, Nasa y Arhuaco respectivamente. 

Uriala es una lideresa de su comunidad, que intento llegar sin éxito a la cámara en las anteriores elecciones; Valencia fue directivo del Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC) y actualmente es senador, donde cumple una decorosa labor,  y Quigua es concejal de Bogotá por tercer periodo, quien ya conoce que es una contienda presidencial (fuera formula vicepresidencial en las pasadas elecciones del actual Gobernador del departamento del Magdalena Carlos Caicedo) y además fue comisionada indígena para los diálogos de paz.

En este sentido es que la candidatura de los pueblos indígenas en Colombia toma fuerza, donde se reconoce su liderazgo en el actual marco de protesta social, sumado a su lucha histórica por los derechos que conllevarán a actual Constitución Política de ese país, y que cumplirá 30 años aún con grandes retos para los ciudadanos.

El panorama que se abre en América Latina, donde un maestro de escuela fue electo Presidente en Perú, en donde el proceso boliviano retomó su camino; mientras que se mantiene en Argentina, México y Venezuela, procesos progresistas y en Brasil, donde el fascista Jair Bolsonaro tiene los días contados, la candidatura de los pueblos indígenas en Colombia es un mensaje claro a la clase política tradicional del país cafetero.

El establishment colombiano deberá tener en cuenta una potente y posible agenda que rechaza la megaminería, el desvío de los ríos, los pilotos de fracking, la aspersión con glifosato, el hambre, la desigualdad, la corrupción, y que propone el programa del Buen Vivir.

Es por ello que  la participación colectiva en las decisiones medulares que atañen a los pueblos y comunidades, como la verdadera descentralización, la justa repartición de la riqueza y la paz, siendo un soplo de esperanza para las demandas sociales de un país cuya juventud exige cambios, y cuyos pueblos indígenas pueden propiciarlos desde una agenda plural que integre a todos los habitantes de una nación que decidió enfrentar la opresión y decidir que unos pocos no pueden tomar las decisiones por los muchos y tan diversos ciudadanos colombianos. 

Más de uno desea que los pueblos indígenas sigan tomando fuerza y esperan que sea una mujer quien pueda encabezar el armado electoral para representar un pensamiento colectivo ancestral y para diputar poder real.