(por Andrés Fidanza) Mauricio Macri ató su suerte a una santa trinidad compuesta por el FMI, Marcos Peña y Nicolás Dujovne. Así, quedó relegado a un papel secundario en su último año de gobierno. Se trata del año que definirá el balance del ciclo cambiemita y sus chances reales de ir por la reelección. En medio de la crisis, el presidente habita un mundo color de rosa, en el que sobreactúa galantería, baile, comentarios chistosos y una obsesión por mantenerse en estado de calma zen. De lo contrario, tal como él mismo advirtió, podría hacerles mucho daño a los argentinos.

A casi tres años de haber asumido, el macrismo atraviesa su etapa de mayor desconcierto. Con un agravante: su margen de maniobra en la toma de decisiones se achica diariamente, al punto de haber tercerizado el plan de gobierno en el FMI. El ideario de madame Lagarde fija el techo de lo posible en la Argentina. Casa Rosada se cierra sobre sí misma: Peña y Dujovne aparecen como los únicos ministros empoderados. O mini-empoderados, en un gabinete cada vez menos plural. No hay creatividad para imaginar caminos alternativos al del ajuste duro y el enfoque monetarista, como método excluyente para controlar la inflación.

El diálogo con la oposición no cuenta como opción válida: por fuera del eslogan buenista, Macri nunca creyó en la utilidad de esa vía. En sus primeros dos años de gobierno, desechó altaneramente esa posibilidad. Ahora, ya es demasiado tarde para incorporar perspectivas ajenas. Ni el peronismo ni la UCR se muestran muy interesados en sociabilizar las pérdidas. Elisa Carrió eligió ceder espacios de poder, a cambio de desempeñarse como una standapera histriónica, cuyo mensaje es una defensa blindada de Cambiemos. La jefa de la Coalición Cívica se conforma con ser una celebritie semi-retirada, que recibe aplausos, risas y pedidos de selfies en eventos oficialistas. Tal es la desidia general, que los habituales pedidos de renuncia para Marcos Peña perdieron vigor. Así, el discurso macrista se limita a confiar en un mantra espiritual: si sucede, conviene. Con un plus sacrificial: la enumeración de esfuerzos y renunciamientos que realizan sus protagonistas.

Si bien dentro de Cambiemos abundan los pases de factura, las internas no encierran choques conceptuales sobre el rumbo elegido. Son meros reproches post-facto, que no dan ni para diferenciar entre bandos de ganadores y perdedores. La UCR se resignó a ser un socio minoritario, sin injerencia en la hoja de ruta. Al contrario, los radicales ni siquiera pretender hacer oír su voz.

Mientras tanto, los salarios en pesos se derrumban por goteo. La recesión se estira y amenaza con llegar hasta las primarias de agosto de 2019. En el conurbano bonaerense, el 12,4% de la población está desocupado: los jóvenes y las mujeres son los colectivos más perjudicados por el desempleo. En el terreno, las estadísticas a la baja se traducen en escenas de desesperación: los comedores y merenderos explotan de chicos y jubilados en busca de comida. Las mamás ponen a la venta sus celulares para poder comprar remedios para sus hijos.

¿Cómo llegó Cambiemos hasta esta situación? ¿Cómo fue que el intento más serio de la derecha moderna se desgastó tan rápidamente? Lo hizo arrastrado por su propio ADN. Al problema estructural de la falta de dólares le sumó tozudez ideológica e impericia para manejar la corrida cambiaria.

En adelante, los argumentos de seducción macrista se centrarán en un lenguaje estrictamente político: polarización extrema con el “populismo”; planteo contrafáctico de que Daniel Scioli lo habría hecho peor; más alguna leyenda pro-positiva. Si bien esa estrategia sesgará al extremo su base electoral, lo mantendrá con alguna perspectiva de pelear en 2019. Esa es la buena noticia para Cambiemos. La única.