(Por Andrés Fidanza) A regañadientes, tarde y pesadamente, en Casa Rosada asumieron que el escenario cambió. Ya no alcanza el recurso de la victimización, las modificaciones en el gabinete, ni el optimismo a prueba de balas. Hasta hace pocas semanas, desdramatizar era el antídoto utilizado contra cualquier tipo observación crítica. “No pasa nada”, se repetía el loop, apostando centralmente a la buena estrella presidencial. Esa fórmula llegó a su fin. Y ni siquiera quedó a mano la posibilidad de hacer puching-ball contra Cristina Kirchner. El silencio de la expresidenta potencia la ausencia de relato oficial, frente a una crisis que alterna entre financiera, económica, política y social. Se trata de una situación para la que el gobierno no parece encontrar culpables, ni explicaciones muy claras. La profundización del ajuste, sumada al rechazo ideológico de Mauricio Macri a tocar algunos intereses (en especial los de la agricultura, minería y finanzas), le resta ambigüedad a un gobierno que hasta hace poco hacía gala de su gradualidad.

"Ahora vamos por menos gradualismo”, admitió Macri en una charla amistosa con Jorge Lanata. Hasta el FMI quedó a la izquierda del gobierno, tras la negativa cambiemita a poner en pausa la baja de las retenciones a la soja. Mientras, no existen pronósticos alentadores para los próximos seis meses. No se consiguen ni entre los periodistas y medios afines al gobierno, algunos de los cuales empezaron a invocar el eufemismo clásico del desmarque: señalar “problemas de comunicación” en la Casa Rosada. Según datos del ministerio de Trabajo, hay 94.500 empleos en blanco menos en los primeros cuatro meses del año.

Entre los trabajadores precarizados, los 400 mil planes atados al salario mínimo vital y móvil, recientemente unificados bajo el nombre de Hacemos Futuro, rondan los 5 mil pesos. Como antídoto contra las tarifazos y la inflación, la ministra de Desarrollo Social, Carolina Stanley, ofreció subirlos a 6 mil pesos, pero recién para diciembre. En menos de dos meses, la medición del INDEC para el primer semestre del año mostrará una suba importante en el nivel de pobreza e indigencia.

Respecto al 2019, el macrismo dibuja y se auto-convence de que aparecerá de golpe un mundo feliz. En el bosquejo del presupuesto 2019, el ministro Nicolás Dujovne proyectó un encadenado de buenas noticias: crecimiento de la economía del 2 por ciento, con una inflación de 17 por ciento anual y un aumento de las exportaciones de un 15 por ciento, sin precisiones sobre el tipo de cambio. Un optimismo que parece reñido con las metas de ajuste fiscal atadas al acuerdo con el Fondo Monetario: reducir el déficit a 2,7 para este año y 1,3 para el año próximo.

Los pronósticos incluidos en el presupuesto 2018 (dólar a $19, entre 10% y 12% de inflación y una paritaria de 15%) volaron por el aire en pocos meses, pero el gobierno asegura que esta vez la promesa va en serio. Para aprobarlo en el Congreso, Cambiemos deberá llegar a algún punto de acuerdo con gobernadores y diputados de la oposición peronista.

Mauricio Macri, sin embargo, está decidido a mantener inalterable su hoja de ruta. Pese a que ese camino profundice la recesión y empuje al peronismo hacia una actitud más combativa (y no sólo en el debate presupuestario), el gobierno ya eligió su mal menor ideológico. El presidente no está dispuesto a flexibilizar el recorte. Entre incumplir con las metas del ajuste o envalentonar a la oposición, Macri optó por escucharse a sí mismo.

“Les pido a los dirigentes que en vez de plantear soluciones mágicas frente a las adversidades, en vez de pedir cosas que están fuera de nuestro alcance, que cada uno diga desde su lugar qué va a hacer para ayudarnos a recorrer este camino, qué van a hacer para que enfrentemos cada obstáculo que se nos presente, porque este es el camino”, afirmó Macri durante su visita a Chaco. Como suele plantear Marcos Peña, no hay alternativa.

Ese decisión implica desoir al ala política de su gobierno. También a María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta, quienes buscan una fórmula intermedia entre achicar el déficit y entibiar el consumo interno. La gobernadora y el alcalde pretenden una receta más pragmática y a su vez menos riesgosa para sus propias carreras políticas.

Pocos días después de ser echado del Ministerio de Energía, Juan José Aranguren resumió el dilema implícito en esa tensión. "La hipocresía política es lo más ingrato, que alguno piense en su electorado y que lo que se debe hacer puede posponerse hasta la próxima elección; los tiempos no son iguales en la parte política que en la parte técnica", se quejó Juanjo. Si bien Macri lo renunció cuando las papas quemaban, el presidente parece identificarse con la visión del ex CEO de Shell.