(por Andrés Fidanza) El 10 de diciembre de 2015, después del acto de asunción presidencial en el Congreso, Mauricio Macri enfiló hacia Casa Rosada. Superado el momento protocolar, quiso celebrar a su manera. Desde el mítico balcón que da a Plaza de Mayo, bailó robóticamente ante lo que era (y sigue siendo) su núcleo duro: una muchedumbre que no responde a padrinazgos gremiales y territoriales. Familias y personas solas, en especial clase media y alta, que dicen repudiar a la política. Si bien Macri había ganado el balotaje hacía tres semanas, su público revivía una y otra vez la arenga de campaña. “Sí, se puede, sí, se puede”, coreaban. Su público no podía ni quería salir del estado de shock que le había provocado el triunfo sobre Daniel Scioli.

La victoria de Cambiemos derrumbó un mito instaladísimo en la política argentina: el de la invencibilidad del Peronismo. Con un agregado que parecía un delirio: que el peronismo perdiera con una tercera fuerza de tono conservadora. En elecciones sin proscripción, el Justicialismo sólo había caído dos veces, y en ambos casos contra la UCR.

En idioma futbolero, el éxito de Cambiemos fue el batacazo de un equipo chico, jugando de visitante contra un club grande y popular. Un uno a cero sobre la hora y que nadie había pronosticado. El macrismo y los macristas se siguieron solazando en loop con ese gol, durante semanas, meses y años. Lograron estirar ese aire triunfal, incluso en las últimas legislativas, en base a expectativas de renovación y progreso. Pero en dos años y medio de gestión no lograron refrendar aquel triunfo con algún otro gol, medida o hito identificable para las mayorías.

Así, cuando las papas empezaron a quemar, se quedó sin argumentos para sortear una racha adversa. Su primer y único clímax fue aquel balotaje. Para su club de fans, se trata de un motivo más que suficiente para renovar el amor en 2019, 2023 y más allá. Pero difícilmente alcance para seducir a los votantes que, tanto en 2015 como en 2017, acompañaron a Cambiemos con más esperanza que convicción.

Ahora, el gobierno deambula entre el mundo color de rosa que pinta Marcos Peña, el estado de promesa permanente respecto a que lo peor ya pasó, y los cambios de gabinete como mensaje de relanzamiento. Un combo que no incluye una alteración importante en la hoja de ruta oficial.

En el equipo de economía, Macri reemplazó a un mago magos de las finanzas por otro: Toto por Fede, con Nico en rol de mini-súper-ministro. Después de haber rifado unos 12 mil millones de dólares para frenar (sin éxito) la devaluación del 50%, Federico Sturzenegger pagó los platos rotos. El ex presidente del Banco Central quedará en la historia por haber protagonizado dos medidas muy parecidas: el Blindaje y Megacanje de 2001, cuando era secretario de Política Económica de Domingo Cavallo; y el actual pedido de ayuda urgente al FMI, para poder sostener el rumbo macro. Con la Alianza ese manotazo no sirvió para pegar un salto de calidad productivo. Al contrario. ¿Y los 50 mil millones de dólares negociados ahora? Mmhhh.

Si bien suenan un poco contradictorias, el gobierno se agarra de dos premisas para explicar el acuerdo con el FMI: que se trata de una excelente noticia, y que a su vez no quedaba otra alternativa. Un préstamo positivo y fatal. Sin entrar en detalles, Macri lo definió como un "punto de partida importantísimo" para la Argentina. Así, el macrismo vuelve a apelar a la teoría del relanzamiento y de que lo peor (una vez más) ya quedó atrás.

Desde la mejoría augurada para el segundo semestre de 2016, la metáfora botánica de los brotes verdes y la luz al final del túnel prevista por Gabriela Michetti, Mauricio Macri y sus funcionarios citaron la misma fórmula en distintos actos, entrevistas y exposiciones. Lo hicieron en on, en off y en formato de arenga para convencerse a sí mismos.

El presidente afirmó que “lo peor ya pasó” en julio de 2016 ante las cámaras de Telefé. Después se lo juró a Mirtha Legrand, en marzo de 2017; lo repitió tras el triunfo cambiemita en las legislativas de octubre pasado; y lo prometió en la apertura de sesiones del Congreso, el primero de marzo último.

El jefe de gabinete Marcos Peña, quien suele invocar ese mantra, la actualizó el 23 de mayo pasado. Durante su informe de gestión en Diputados, aseguró: “Pasó la etapa más difícil”. Se refería a la corrida cambiaria de aquellos días, cuando el dólar cotizaba a tres pesos menos que hoy.

En contradicción con ese optimismo, Macri echó a los ministros Juan José Aranguren y Francisco Cabrera. Y ascendió a Nicolás Dujovne. El ministro de Hacienda tiene su chalet de Bajo Belgrano declarado en la municipalidad como un baldío; cuenta con casi todo su patrimonio en el exterior, y a su vez blanqueó 20 millones de pesos poco antes de ser designado. Macri, sin embargo, cedió ante la demanda del círculo rojo, que le exigía contar con un ministro de economía fuerte. Así fue como el presidente empoderó al ex columnista de TN.

Dentro de Cambiemos, algunos dirigentes discrepan con el tono zen y la autoindulgencia colocada de Marcos Peña. El ala política, incluidos Horacio Rodríguez Larreta y María Eugenia Vidal, le discute a esa dogma. Pero no encuentra la forma de hacer convivir el ajuste con algún mecanismo para reactivar el consumo y la producción. Así, el gobierno no logra salir del loop de una promesa. Un juramento cada vez más inverosímil, apenas entibiado por el recuerdo de aquel golazo contra el peronismo en el último minuto del balotaje.