(por Andrés Fidanza) Se amenaza, pero no se rompe. Bajo ese lema actúa tanto Elisa Carrió como la UCR, atados a la suerte de Mauricio Macri. Si el gobierno no tiene plan B en su hoja de ruta política y económica, sus socios tampoco cuentan con un destino alternativo. La diferencia entre ambas fuerzas es apenas un matiz de comportamiento: mientras los radicales se presentan como el aliado confiable e institucional del PRO, Carrió apuesta ser la conciencia moral incómoda del presidente.

Las pujas internas al interior de Cambiemos no exceden ese juego de roles, en el que nadie cuestiona el rumbo ideológico de fondo. Apenas la UCR ensaya una crítica tardía, con la convicción de no ser escuchada. Un par de semanas con el dólar medianamente controlado, a golpe de una economía real congelada, alcanzó para que Macri reingresara a su mundo color de rosa. Y si esa mini-estabilidad llegara a cortarse en febrero, ahí volverá

justo a tiempo la polarización con el populismo. Cristina Kirchner será una vez el fetiche funcional del macrismo.

Con un agregado conceptual: últimamente, Macri se jacta de la capacidad de “resiliencia” de la sociedad argentina. Lo hizo en dos de sus últimos discursos, invocando especialmente esa palabra de moda. Marcos Peña también la suele mencionar, y el ministerio de Hacienda la eligió como lema para debatir, en un encuentro del G-20. Se trata de un concepto importado de la psicología, que se masificó en la autoayuda, las ciencias sociales y hasta en la política.

Según su definición original, es la habilidad para adaptarse positivamente a situaciones adversas. En el speech macrista, su uso intenta una carambola múltiple: hace gala de cierta apertura a ideas novedosas; conecta directamente con la actitud sacrificial que le pide a los argentinos (o al menos a sus votantes); y vuelve a colocar al gobierno en un rol de actor secundario, comentarista sin demasiada responsabilidad sobre la crisis económica en marcha.

Mientras, Carrió asegura que no quiere ser candidata el año próximo. Y si bien tiene mandato como diputada hasta 2021, tampoco muestra demasiado interés por su trabajo en la banca: integra el top ten de ausentes a las votaciones del Congreso. Esa prescindencia respecto a los cargos está lejos de ser un sinónimo de humildad o de jubilación anticipada: a los 61 años, Lilita concluye que ya no necesita de un puesto político para hacerse ver y escuchar.

Su misión es consolidarse como un suerte de voz moral dentro de Cambiemos: una aliada que repite ultimátums en loop. Como la promesa presidencial, invocada nuevamente por estos días, de que lo peor ya pasó.

La jefa de la Coalición Cívica no renuncia a difundir públicamente su pliego de condiciones y demandas al macrismo. El gobierno, sin embargo, no siempre lo acata. Al contrario, los principales archienemigos internos de la diputada, como Daniel Angelici, Silvia Majdalani (vicedirectora de la AFI) y el ministro de Justicia Germán Garavano, se mantienen firmes en el barco oficialista.

Si Mauricio Macri y su primera línea de asesores coincide previamente con la mirada de Carrió, la agenda de Lilita potencia sus chances. Así ocurrió con el mini-golpe entre cortesanos: el de Carlos Rosenkrantz a Ricardo Lorenzetti. De no ser así, el presidente despliega un operativo contención para minimizar las diferencias y seguir adelante como si nada hubiese pasado. Y lo hace sin falta bajo el mantra comprensivo de que “Lilita es así”. El pedido de juicio político contra Garavano correrá la suerte de los planteos en los que no existe acuerdo: se difuminará.

Los embajadores de Macri en la relación con Carrió son sus asesores José Torello y Fabián “Pepín” Rodríguez Simón. A veces se suman Marcos Peña y el alcalde Horacio Rodríguez Larreta. Se trata de todo un plantel dedicado a escucharla y amortiguar choques posibles: es más de lo que recibe la UCR, en su rol de aliada previsible y orgánica. Aunque tanto en una como en otra bilateral, el resultado es el mismo: se impone el siga-siga, sin necesidad de torcer el rumbo.