(Andrés Fidanza) El macrismo recayó en la tabla del uno de la demagogia política: el manodurismo. Lo hizo casi sin proponérselo previamente, pero arrastrando todos los riesgos y contraindicaciones que encierra ese discurso predicado desde el poder. Ante la falta de resultados en otras áreas, sobre todo en economía, el gobierno le fue soltando gradualmente la cuerda a la ministra Patricia Bullrich. La fue empoderando, al principio en contra de la voluntad de Marcos Peña, hasta que la doctrina Chocobar alcanzó rango de protocolo para las fuerzas federales. Los dirigentes y asesores que desconfían de ese recurso buscaron suavizarlo: lo rebajaron al mote de mano justa. Y la minoría progresista que integra Cambiemos prefirió hacer silencio, apostando a que el nuevo reglamento sobre el uso de armas de fuego en realidad no tenga consecuencias graves. La ineficacia estatal se convirtió en un argumento para defender algunas medidas antipáticas del oficialismo: una suerte de “no es necesario oponerse, porque igual no va a pasar nada”.

Varias provincias optaron por rechazar el reglamento. El ministro de Seguridad bonaerense, Cristian Ritondo, se enteró de la norma por los diarios. Y tras analizarla con los funcionarios de Legales y Derechos Humanos, desalentó su aplicación ante María Eugenia Vidal. También Jujuy, Corrientes, Neuquén, Entre Ríos, San Juan, Córdoba, La Pampa y Mendoza se distanciaron del protocolo Bullrich. Y no lo hicieron a raíz de un preconcepto ideológico: la mayoría de los gobernadores desconfía de la preparación de sus policías para administrar la ampliación del margen de maniobra.

Para sorpresa del ecosistema político, Elisa Carrió fue una de las pocas dirigentes oficialistas en alzar la voz. Desde el macrismo respondieron con su fórmula habitual para calmar a Lilita: evitar el choque y atarse al siga siga de una sociedad, en la que ni la UCR ni la Coalición Cívica cuentan con un plan B electoral. A las tres fuerzas no las une el amor, ni el espanto, sino más bien la resignación.

Desde que Patricia Bullrich abandonó la Coalición Cívica en 2011, nunca suspendió el diálogo con Carrió. Al contrario, la ministra y la diputada mantuvieron (y todavía lo hacen) una relación amable. Bullrich se defendió de las críticas, exhibiendo el capital que la llevó y la sostuvo durante tres años en el ministerio de Seguridad: el apoyo directo de Mauricio Macri. A los 62 años, Bullrich no está muy dispuesta cambiar su estilo de conducción. Tiene un perfil tan alto como el de sus ambiciones políticas. Defiende a las fuerzas de seguridad de forma blindada, siempre al borde del mensaje corporativo. Lo hizo con gendarmería tras el tiroteo a una murga juvenil en una villa porteña; en el momento más tenso del caso de Santiago Maldonado; lo repitió con prefectura tras el asesinato del mapuche Rafael Nahuel; y con el policía Luis Chocobar.

Si bien el nombre de Bullrich sonó como posible candidata a vicepresidenta en 2019, en Casa Rosada prácticamente lo descartan. Cerca de Macri, sin embargo, le reservan un papel electoral importante: una suerte de vocería proselitista sobre seguridad. Esperan que el clima de la campaña los ayude, al no centrarse en el debate sobre el clima y las expectativas económicas.

En adelante, el oficialismo pretende un discurso interno más alineado sobre la reivindicación del orden en la calle. La renuncia del ministro de Seguridad porteño Martín Ocampo, reemplazado por Diego Santilli, podría favorecer ese corrimiento hacia una política más intransigente. En breve, el gobierno de Rodríguez Larreta dará otro paso de afinidad hacia el estilo de Bullrich, al prohibir la actividad de trapitos y limpiavidrios.

Mientras tanto, en el mundo real del día a día policial, dos prefectos invocaron el protocolo en su defensa, después de haber matado a un inocente. Los dos cabos de la Prefectura fueron detenidos en 2016, tras matar a un hombre al que confundieron con un narco. Ahora, escudándose en la reforma del reglamento interno, pidieron ser sobreseídos. El agente que disparó, preso desde aquel momento, pidió su excarcelación mientras se define la cuestión de fondo.