Pasadas las generales, el balance indica que la performnce de Sergio Massa fue mejor de lo que la mayoría de los analistas vaticinaban. Acorralado por las fugas de dirigentes, por una polarización incipiente y una agenda mediática que le resultaba esquiva, logró sostenerse en las franja de los 20 puntos en agosto y en octubre y surfear las salidas que amenazaron con sacarlo del tablero.

Claro que el final de esa primera aventura electoral por la presidencia para un dirigente de 43 años no es la conclusión del camino, sino probablemente una plataforma de despegue. De hecho, la misma lectura deben haber hecho en el círculo chico del tigrense porque en paralelo al debate presidencial que protagonizaron Daniel Scioli y Mauricio Macri, se lanzó extraoficialmente en las redes sociales un afiche con la foto de Massa con la sigla +A19, que fue amplificado por Malena Galmarini.

La proyección para el 2019 de Massa no es sencilla. Más allá de su papel electoral tiene una serie de problemas que combatir y que ya hoy lo jaquean. El primero de ellos es la volatilidad de sus dirigentes. mayormente de extracción peronistas y acostumbrados a gobernar o legislar al calor del poder. El desafío del exintendente de Tigre es evitar una nueva sangría que lo deje menguado de capacidad de acción desde lo parlamentario y con escasa base territorial.

En el plano legislativo el operativo contención ya está en clave roja. Es que en el último año el massismo no sólo perdió iniciativa y se desgranó, sino que hasta se cruzaron de bando sucesivamente sus dos jefes de bloque en Diputados. Uno antes de las elecciones y el otro después. Algo similar, aunque con menor relevancia y resonancia, sucedió en la cámara provincial.

Desde lo territorial en el conurbano también hubo un retroceso de las fuerzas del massismo. No sólo saltaron, y siguen haciéndolo, al FpV y a Cambiemos muchos dirigentes, sino que le quedaron sólo 3 intendencias al Frente Renovador y uno de sus jefes comunales, Joaquín De la Torre ya se encuentra tendiendo puentes con el macrismo para asegurarse la gobernabilidad.

Pero ese no termina de ser el principal escollo que deberá afrontar el actual diputado nacional. Es que la idea de ser el líder de la oposición y mantenerse visible hasta 2019 no sólo deberá competir con muchos gobernadores con proyección, sino que choca con la realidad de la carencia de gestión.

En los últimos 30 años no hubo ningún presidente que haya llegado a ese cargo sin tener en su haber una gestión que mostrarle a los votantes. Ese déficit, que ya le complicó los últimos dos años de su campaña presidencial 2015 y le provocó más tropiezos que aciertos en la Cámara de Diputados, se potenciará en el lapso que viene.

Para tratar de paliar estas carencias, desde el entorno del massismo preparan un paquete de leyes con las que intentarán mantener la iniciativa y marcar el pulso de las reformas políticas que consideran que el electorado pidió en las urnas. Además seguirán de recorrida nacional buscando un armado nacional que permita idear una campaña nacional para las legislativas de 2017 y las presidenciales de 2019.

La tarea massista es titánica y contraria a la lógica de la construcción política de la Argentina reciente. Aunque las sorpresas electorales de octubre ya han hecho temblar a muchas de las verdades indiscutibles.