La contradicción principal del manejo macroeconómico, a partir de un modelo de apertura de la cuenta de capital en un mundo de escasa liquidez, empieza a traer consecuencias internas. La insustentabilidad sistémica se traduce en la imposibilidad de sostener un déficit de cuenta corriente de U$S 30.000 millones anuales sin superávit de dólares comerciales genuinos. En los últimos meses, hizo metástasis en nuestro país a partir de un salto cambiario del 25% desde inicios de año, así como la disminución de más de U$S 9.000 millones en las reservas internacionales. Si bien la posición de reservas había crecido mucho en los últimos dos años, su aumento no fue más que producto del ingreso de divisas por endeudamiento externo y capitales financieros para el carry trade. Claro está que su ingreso a la plaza local no está exento de efectos secundarios: al venderse esos dólares en el BCRA, la autoridad monetaria debe emitir nuevos pasivos para “neutralizar” el efecto de los nuevos pesos en circulación. Típicamente, el instrumento elegido para esta función en los últimos dos años fueron las Letras del Banco Central (Lebacs). El crecimiento de su stock, fue exponencial

En ese marco, el Observatorio de Políticas Públicas de la Universidad Nacional de Avellaneda (UNDAV) desarrolló un documento analítico sobre los principales números económicos de la deuda del BCRA. A tales fines, el documento se centra en el análisis cuantitativo sobre la evolución de la deuda de Letras del Banco Central. En particular, el informe estudia las emisiones de corto plazo, tanto del BCRA como del Tesoro Nacional, que sostienen la transferencia de recursos y la fuga de capitales. Algunos de los principales resultados, se presentan en los siguientes párrafos.

La corrida bancaria se extiende y los nervios se tensan. En medio del desconcierto económico de las últimas semanas, el gobierno solicitó de forma urgente un préstamo “Stand By” al Fondo Monetario Internacional (FMI), después de más de una década en donde Argentina no tuviera la necesidad de someterse a las exigencias del organismo internacional. Lo hizo para tratar de calmar las ansias del mercado. El réquiem del neoliberalismo se vive con temor e incertidumbre de lo que pueda pasar con los depósitos en los bancos, los precios de la economía o las cuotas de los créditos indexados. Las excusas, las justificaciones y las causas del origen de la crisis sobreabundan, en un escenario de hartazgo social por pensar en volver a repetir el pasado. Así, mientras el gobierno se esfuerza por remarcar la coyuntura y el carácter financiero de la crisis, los analistas están viendo variables mucho más estructurales, como la restricción del sector externo.

Pero también existen posturas que sostienen el pleno consentimiento de la situación por parte del gobierno, siendo que se necesitaba una excusa para continuar con el ajuste del gasto público social. Esto solo podría lograrse si hay un escenario “caótico” que otorgue cierta legitimización social. El FMI o una crisis de magnitud, es como se presentó la disyuntiva. Así se actuó en consecuencia, y la lógica fue recurrir al FMI. Después de todo, las recomendaciones del organismo no están alejadas de la visión ideológica de la economía que tiene el gobierno. No obstante, el deterioro de los fundamentales macroeconómicos es evidente.