(por Andrés Fidanza) Mauricio Macri blanqueó el menú de opciones: ajuste o estallido. Sin matices o alternativas, el gobierno profundiza el planteo binario, en el que su plan de reformas constituye el único camino posible, viable y racional. Por fuera de ese programa sólo habita el idealismo, el kirchnerismo o la locura. Y sobre todo abunda el kirchnerismo, un sistema delincuancial con un objetivo excluyente: robar dinero estatal que podría haberse usado con otros fines. Ese es el argumento central del gobierno para defender en público la reforma previsional. Si bien ese razonamiento le dio buenos resultados en peleas y elecciones anteriores, el intento de recorte a las jubilaciones y pensiones podría marcar un punto de inflexión. El principio del final del handicap social. O el arranque de un gobierno un poco más creativo, aunque sea a la fuerza.

Para el macrismo, el riesgo es doble: el cambio en la fórmula para calcular los aumentos jubilatorios (por el que pretende ahorrar entre $80.000 millones y $120.000 millones para 2018) es un tema especialmente sensible, sobre el que es difícil meter a martillazos el clivaje república o populismo ladrón. O al menos le resulta más artificial que ante situaciones previas. El otro peligro es que el truco del contraste permanente con el kirchnerismo empiece a saturar. La reacción a los gritos del presidente del bloque PRO, Nicolás Massot, durante el debate en la Comisión de Previsión y de Seguridad Social de Diputados, sonó algo sobreactuada. Los grupos de jubilados le reclamaron con el bolsillo, y Massot les respondió con su corazoncito anti-kirchnerista.

Más orgánica que nunca, Elisa Carrió les pidió a los jubilados paciencia y confianza en las buenas intenciones del oficialismo. Pese a sus reparos iniciales, un informe interno (desestimado por todos los especialistas en cálculos previsionales) terminó por convencer a Lilita sobre las bondades de la reforma. Así, haber sumado al lilito Fernando Sánchez a la jefatura de gabinete ya le redituó enormemente al macrismo. Carrió es parte del gobierno: se convirtió en su voz moral, y ya no sólo en una aliada incómoda a la hora de gobernar.

El apuro oficialista se construye sobre una convicción filosófica: la necesidad de achicar el déficit y la inversión estatal, regalando en simultáneo guiños hacia los potenciales inversores. Y a su vez se basa en una lectura algo exitista del triunfo amarillo en las legislativas recientes. ¿El 40% de la sociedad plebiscitó el ajuste en marcha o se limitó a renovar genéricamente el voto de confianza, sin entrar en detalles sobre la necesidad imperiosa del recorte a los jubilados? No existen respuestas puras o demasiado concluyentes. Pero es posible que el presidente esté sobreestimando la calidad (más que la cantidad) del aval recibido en las urnas. Con un detalle en su favor: mientras la oposición se mantenga astillada y sin rumbo claro, Cambiemos podrá seguir capitalizando la confusión. Porque al momento del recuento de votos, el sistema es una máquina de pasar por alto las distintas motivaciones, énfasis y matices que viven en cada elector.