A mi izquierda, la pared. Néstor Kirchner creía encarnar el proyecto político ubicado más a la izquierda, dentro de los viables en la era del post-2001. El ex presidente se jactaba de ese posibilismo. Mauricio Macri, en cambio, nunca podría haber hecho la afirmación simétrica. En la Argentina está prohibido autodefinirse de derecha, si se pretende tener alguna chance de alcanzar el poder. Y el PRO, a diferencia de sus antecedentes testimoniales (UCEDE, la fuerza de Ricardo López Murphy y las ambiciones casi personales de Domingo Cavallo), tenía ese hambre. Lo cierto es que la derecha de Macri, como antes a la izquierda de Kirchner, sí que hay vida. Y sobre todo hay poder. Existen demandas de ajuste, un lobby devaluatorio y corridas bancarias. En los últimos días quedó expuesto de un golpe ese desacople entre los planes de Cambiemos y las expectativas del mercado.

El macrismo pretendía aplicar un programa de centro-derecha, que a la vez fuera tolerable socialmente y sin los niveles de ajuste que hubiese querido (y todavía reclama desde lo de Alejandro Fantino) José Luis Espert. A ese combo lo denominó gradualismo. El pedido de auxilio al FMI puso en crisis esa posibilidad: "Nos van a exigir más, pero no tenemos que tener miedo", prometió Marcos Peña, en un intento voluntarioso por transmitir calma y ahuyentar las versiones de un ajuste importante a la vuelta de la esquina.

El giro hacia el Fondo además desnudó la enorme fragilidad de un proyecto que sostenía su éxito en la esperanza social, la paciencia colectiva y la creencia en las buenas intenciones cambiemitas. El triunfo electoral en las legislativas de 2017 pareció darle solidez a ese imagen. Así lo reafirmaron, agrandados, los ideólogos macristas. “Se plebiscitó el rumbo”, aseguraban.

Ahora, quedó expuesta a cielo abierto, a izquierda y derecha, la endeblez de ese relato. Y hasta cierta improvisación en la gestión técnica: el Banco Central de Federico Sturzenegger, por ejemplo, quemó 8 mil millones de dólares en reservas para contener sin éxito la suba del dólar. Los especuladores financieros le retiraron su confianza al gobierno de los CEOs, con la misma facilidad con la que pasan a dólares la ganancia de las Lebacs. En paralelo, las encuestas marcan el rechazo mayoritario al recurso de endeudarse con el FMI. Aún en marcha, esa negociación con el Fondo tiene un agravante: fue encarada desde una posición de debilidad extrema.

Antes de llegar a un acuerdo y hasta de empezar las conversaciones, el presidente anunció la salvación en una suerte de cadena nacional: en concreto, comunicó que había hablado por teléfono con Christine Lagarde. En ese contexto, el ministro Nicolás Dujovne empezó las tratativas en Washington.

Así, sólo dos meses de haber anunciado con optimismo que Macri iría por la reelección en 2019, el gobierno atraviesa su peor momento. Esta vez sin el atajo de poder señalar a los sospechosos de siempre: kirchneristas, peronistas, algunos jueces, sindicalistas o el Papa. El presidente arrancará el 2019 con una inflación acumulada de alrededor del 25%, más un nivel de consumo y obra pública tirando a frías.

Mientras tanto, la oposición contempla la caída oficial, con una mezcla de excitación y miedo. El panorama macroeconómico está muy lejos de parecerse al de 2001. Por debajo, sin embargo, se cocina un nivel escepticismo social que no tiene mucho que envidiarle al de aquellos tiempos. Aquellos tiempos tristísimos.