(por Andrés Fidanza) El inventario de datos, números y porcentajes en rojo no alcanza para que Cambiemos se quede sin chances en 2019. Tampoco es suficiente para que el peronismo se ordene y se unifique de forma instantánea. No existe una relación automática entre crisis económica y acumulación política en el espacio opositor. El derrumbe de los salarios, el empleo, la actividad y el consumo no pusieron en jaque al gobierno. O no en situación de jaque mate. A menos de ocho meses para las PASO, el macrismo se mantiene competitivo y con perspectivas de reelección. La principal víctima del panorama a la baja no fue el oficialismo, sino el discurso economicista, del que la oposición hizo abuso desde principios de 2016.

Esa quizás sea la mayor moraleja que se lleva el peronismo, tras un 2018 que batió todos los récords de pesimismo: una inflación sólo comparable a la del último tramo de la híper; caídas del salario de los trabajadores registrados de más de un 10%, y de la jubilación mínima y la AUH de 13,2%; más un enorme descenso de la producción industrial y el consumo. Esa enumeración, sin embargo, no sirve para cerrar la discusión sobre el 2019. Porque en realidad el debate electoral encierra otra mamushka adentro suyo: la de la discusión ideológica. En ese campo se ubica el desempeño más exitoso de Cambiemos a la fecha: la administración de la ideología, tal como explica el sociólogo Ignacio Ramírez.

Jaime Durán Barba no inventó la grieta. Ni siquiera la descubrió. Pero sí supo fogonearla eficazmente, con la doble ayuda de la comunicación vía redes y de los grandes medios. Aunque en el orden inverso: primero, a través del machaque de algunos medios y de algunos periodistas de elite; y recién después con la asistencia del diálogo segmentado hacia la sociedad.

Así, el macrismo crece desde el piso sociológico del antiperonismo. Su discurso se expande desde ese núcleo propio: un segmento que se queja de la impericia del gobierno, pero que a la vez está cautivo del speech y la estética que encarna Mauricio Macri. Son los rehenes (y no son necesariamente ricos) del anti-populismo.

Esa suerte de ingeniería electoral exitosa está lejos de suponer que el gobierno tiene un dominio pleno del escenario político. Al contrario, le cuesta horrores llevar adelante la diaria de la gestión. El golpe palaciego en la presidencia de la Corte Suprema evidencia el tamaño de esa dificultad: el reemplazo de Ricardo Lorenzetti por Carlos Rosenkrantz derivó en un bloque de tres supremos que, en algunos fallos de peso, como el del cálculo jubilatorio, ya le mostró los dientes a la Casa Rosada. Tironeado entre la pulsión maquiavélica, la realpolitik y una aspiración republicana principista, el macrismo no se destaca en ninguna categoría.

La crisis actual no se compara con el caos de 2001. El gobierno cuenta con esa ventaja para profundizar su único mandamiento: el del ajuste. La desintegración social, sumada a cierta apatía y falta de creatividad opositora potencian ese handicap. Ni siquiera hay resistencia ni objeciones de parte de la UCR y del partido unipersonal de Elisa Carrió.

Cuando Macri vuelva de sus vacaciones en el Country Club Cumelén de Villa La Angostura, su propuesta a los ciudadanos no será muy distinta a la de 2018: pedir un último esfuercito y que donen medio litro de sangre por día. Así lo anticipó el ministro de Transporte Guillermo Dietrich, al anunciar una nueva tanda de tarifazos al transporte, muy por encima de las paritarias.

Pese a lo antipático del planteo, el presidente tiene chances de ser reelecto con lo justo. En un (muy probable) escenario de balotaje, no es necesario enamorar a la inmensa mayoría: con sacar el 50% más un voto alcanza. La pregunta por la viabilidad social de lo que venga después de un triunfo macrista es tan inquietante como lejana. A más de tres años de iniciado, el experimento cambiemita muestra un instinto de supervivencia muy efectivo.