(por Andrés Fidanza) En sus efectos políticos, la reforma jubilatoria sacudió un tablero ideológico que se mantenía estable. Lo sacó de su estado social de (casi) empate permanente, inclinado ligeramente en favor del gobierno. Y lo hizo por primera vez, al menos en gran escala, en más de dos años de gobierno macrista. El ahorro fiscal buscado se logró a costa de alterar una especie de statu quo que le resultaba funcional. Esa es la principal novedad que dejó la jugada oficialista, por detrás de otras grandilocuencias, como la represión, los piedrazos, los gritos parlamentarios, las invocaciones a Jesús y las denuncias de golpismo.

Para sorpresa del gobierno, esta vez no alcanzó con el esquema de la polarización y el discurso victimizante para ganar la discusión pública. El gobierno subestimó el impacto que tendría su primera gran política de shock: no le dedicó un maquillaje especial, al momento de presentar un recorte tan antipático. Quiso aprobarlo a las apuradas, sin dar demasiadas explicaciones. Y así favoreció un ensayo de unidad opositora, resumido en la foto que muestra a Agustín Rossi a los abrazos con Ignacio de Mendiguren, y a Axel Kicillof sonriente junto a Facundo Moyano. Si bien esa postal del hemiciclo no viene con una traducción electoral automática, los acercamientos políticos se alimentan de acciones previas, como el rechazo al ajuste coordinado entre diputados.

El corrimiento de Cambiemos a la derecha a su vez agrandó el margen para el encuentro opositor: le amplió la agenda en común. Y una última hipótesis: que Cristina Kirchner no haya ocupado el centro de la escena también facilitó el tono de repudio en bloque al paquete de reformas. La figura de la expresidenta se volvió hipnótica para los dirigentes y los militantes K, los anti-K y todo opositor no K: dispara fanatismos y enojos, más una serie de esfuerzos (muchas veces sobreactuados) para marcar una distinción con el kirchnerismo. Pero especialmente para diferenciarse de CFK.

Por esa combinatoria de motivos, el cambio en la forma de calcular las jubilaciones desbordó un esquema que era cómodo para el macrismo. Según una encuesta de Analogías hecha en 28 municipios del conurbano bonaerense, más de dos tercios de las personas están en desacuerdo con la reforma previsional; y sólo un 23,7% la apoya. Pero con un detalle novedoso: el rechazo se impone incluso en los sectores que aprueban el desempeño de Mauricio Macri. Un 80% de los bonaerenses entrevistados, parejo en todos los segmentos de edad y nivel educativo, se opone a bajar el déficit por vía de la reducir las jubilaciones.

Dos meses después de las legislativas, el gobierno hizo una lectura demasiado exitista de su triunfo. Y lo continuó durante el debate parlamentario, tensando la cuerda con diputados a los que podría necesitar en la próxima sesión. Incluso Macri sigue parado sobre esa distinción binaria entre opositores. Según esa mirada, sólo los hay de dos tipos: opositores racionales y opositores que (misteriosamente) plantean dudas sobre el actual monorriel del progreso.