(por Andrés Fidanza) Es mucho más que una crisis financiera: el gobierno está desorientado y perdió el control de sus principales variables económicas. Ni las declaraciones de Marcos Peña, ni la breve performance televisiva de Mauricio Macri sirvieron para revertir ese clima. Al contrario, inmediatamente después del mensaje presidencial grabado se aceleró la suba del dólar. Las respuestas del jefe de Gabinete produjeron el mismo efecto.

El macrismo muestra una mezcla de sorpresa y desazón, sobre todo después de haber puesto en marcha el ajuste pactado con el FMI. El oficialismo ya “hizo los deberes”: apuró recortes, aún a costa de potenciar la recesión. Los mercados, sin embargo, siguen mirando de reojo al gobierno de los CEOs. Frente a esa desconfianza, el macrismo vuelve a apostar a un optimismo de pago diferido: los frutos económicos del sacrificio, sobre salarios que se deprecian diariamente, se percibirían en un futuro cada vez más incierto.

Mientras, el ala política del gobierno busca regalarse al menos una buena noticia: llegar a un acuerdo por el presupuesto 2019 con los gobernadores. Según la promesa de Dujovne a madame Christine Lagarde, el presupuesto tiene que incluir un ajuste fiscal del 1,3%. La negociación está atada a un deadline: el 15 de septiembre, fecha en la que el Ejecutivo debería mandar el proyecto al Congreso. Los 15 días que faltan representan una enormidad de tiempo para un gobierno que vive al día.

A nivel comunicacional, el gobierno baja una línea autoindulgente para contener y darle sentido a su tropa. La culpa vuelve a encontrarse afuera de la Casa Rosada. Los voceros informales de Cambiemos señalan a un peronismo que, dependiendo de la ocasión, es omnipotente o está terminado. Ahora, al peronismo le toca el papel todo-poderoso de liderar un golpe de mercado desde las sombras.

Ese discurso representa un facilismo peligroso, sobre todo para una fuerza que había logrado seducir a los despolitizados. Gran parte del éxito cambiemita se sostenía en esa ingeniería duranbarbiana: entusiasmar, desde un discurso simplista, a los que no estaban embanderados en alguno de los núcleos duros.

Pero esta vez la apuesta por la victimización difícilmente resulte efectiva. A casi tres años de haber asumido, con su propia palabra desgastada por haber prometido hasta el cansancio que lo peor ya había pasado, el truco no alcanzará. Tal recurso no logrará exceder el microclima de los ultras.