(por Andrés Fidanza) Ante la sucesión de marchas, paros y protestas en su contra, el gobierno ensaya una respuesta tranquilizadora para su propia conciencia: atribuir origen kirchnerista a cualquier síntoma de malestar social. Así, unifica su estrategia electoral a futuro (polarizar a los gritos), con la difusión de un diario de Yrigoyen para consumo interno de la Casa Rosada.

Sin resultados económicos para mostrar con orgullo, con algunas abolladuras en el speech de la honestidad (en especial, a partir del acuerdo del Estado con el Correo), el macrismo retoma su acto reflejo de campaña: medirse con el ciclo kirchnerista. Pero con una diferencia importante: en 2015, la comparación era entre las buenas intenciones del PRO y todos los déficits y heridas acumuldas por el kirchnerismo, tras 12 años de gobierno.

Ahora, 15 meses después, con la pobreza en aumento (según datos recientes de la UCA, subió casi cuatro puntos en el ciclo de Cambiemos) y la inflación todavía en alza (para el INDEC, fue de 2,5% en febrero), resulta casi imposible repetir la operación y obtener los mismos resultados. Sobre todo, si la economía no empieza a mostrar señales de recuperación que excedan el mero rebote light.

Al momento, el oficialismo no tiene demasiadas alternativas que reducirse a su mínima expresión de lado B kirchnerista. Un macrismo pre-balotaje, armado con la sutileza de las cadenas de spam. Para contentar a los propios, alcanza y sobra. Como plan electoral para seducir a las mayorías, su eficacia pinta mucho más riesgosa. Mientras tanto, Cambiemos hace tiempo entre el optimismo, el autoengaño y el favor de los grandes medios.

Respecto a la pérdida del control callejero, la realidad es que el gobierno nunca lo tuvo. El despliegue territorial de sus masas silenciosas, tanto en cacerolazos como marchas vinculadas a la muerte del fiscal Alberto Nisman, estuvo sin falta vinculado al rechazo absoluto hacia el peronismo, con especial encono por Cristina Kirchner. Para el público PRO, el motor para salir de la casa fue siempre la oposición reactiva, más que la afirmación por la positiva. Si en algún momento el macrismo amagó con correrse de ese estado de plebiscito permanente hacia el kirchnerismo, ahora parece no contar con un plan B.