(por Andrés Fidanza) En sus frenéticos 15 años de historia, el macrismo fue un partido hecho a base de triunfos. Las últimas legislativas revalidaron esa condición. Pese al discurso pasivo-agresivo oficial, de victimización y oposición a la oposición, Mauricio Macri y su tropa de nueva política se acostumbraron a un sólo resultado: ganar. Una curva parecida a que realizó el Macri empresario y el Macri presidente de Boca.

Ese exitismo se traduce en un tono de desdramatización permanente. Cuando hablan en off, los funcionarios declaran casi lo mismo que ante los micrófonos. ¿Y qué declaman? Principalmente sus buenas intenciones. Nada les resulta demasiado grave ni urgente. Macri extrema esa actitud, al punto de mantenerse un poco desinformado sobre los detalles de la gestión. El presidente marca el rumbo general. Chatea con sus ministros, mientras estira sus vacaciones en Villa La Angostura, cargadas de tenis, pádel, golf y seguimiento desde el celular.

Ese clima despreocupado y seguro de sí mismo chocó en diciembre contra la resistencia al ajuste en las jubilaciones. Un malestar que excedió, caceroleos mediante, al sector de los que ya venían decepcionados desde antes. Distintas encuestas revelaron una caída sensible en la imagen presidencial, casi por primera vez en dos años de gobierno.

Macri, sin embargo, optó por repetir la fórmula de sus más fanáticos. Según esa mirada, la única oposición viable es la que colabora con el oficialismo: el pichettismo. Por fuera de esos límites sólo habita el kirchnerismo y la izquierda radical, la corrupción y la locura.

Para evitar la zozobra que vivió durante la aprobación del cambio en el cálculo previsional, ahora el macrismo pretende dar con un equivalente en la cámara de diputados al del senador Miguel Ángel Pichetto: un interlocutor confiable y que garantice apoyo colectivo ante proyectos clave, como el intento de reforma laboral.

El presidente arrastra una obsesión desde su vida de empresario: una repulsión atávica hacia la “industria” de los juicios laborales. Cuando en sus discursos pone la lupa sobre gremios y trabajadores, suele mezclar derechos con avivadas, al punto de confundirlos.

La reforma que empuja el gobierno fue redactada desde esa visión. Y a pesar de haber perdido una parte de su ambición inicial, como resultado de las negociaciones con una CGT zigzagueante, Macri está decidido a avanzar con el proyecto. Por la vía que sea.

Esa determinación pasa por alto las dificultades de diciembre, y sobre todo cierta caída en el crédito social del gobierno. La pulseada por imponer la reforma pondrá a prueba el alcance de la alteración en el escenario político. Mientras tanto, el oficialismo avanza. Lo hace con una mezcla de autoengaño y optimismo a prueba de balas.

Una vez en el poder, los gobiernos suelen dar por hecha la inmovilidad absoluta de las condiciones que posibilitaron su ascenso y consolidación. El macrismo parece atravesar esa situación por primera vez desde el arranque de su ciclo.