Por Andrés Fidanza

“El presidente está para ayudar en lo que pueda", se desligó de responsabilidades. Buscó así rascar un balotaje, pasándole la pelota al kirchnerismo. Una hora antes, María Eugenia Vidal había hecho lo contrario a la campaña del miedo ensayada por Macri. Ese contraste entre el presidente y la gobernadora evidenció cierto desbande intra-Cambiemos.
 
Tras una trayectoria de éxitos encadenados desde 2005 en adelante, Mauricio Macri no supo perder. Eligió la negación y culpar a los votantes que en algún momento lo habían acompañado. Y algo más: se aferró al supuesto favoritismo de los mercados y el valor “de la vuelta del mundo” de la mano de su gobierno. La corrida del dólar post-Paso fue sólo una muestra de lo que les puede pasar a los argentinos en caso de preferir a los Fernández en las generales de octubre. 

Al presidente le cuesta aceptar que la sociedad le de la espalda, mientras cierta parte del establishment internacional le reafirma que va por el buen camino. El último llamado de Macri hacia quienes no lo votaron es: arrepiéntase o sobrevendrá el caos; todavía están a tiempo de evitarlo. ¿Funcionará? 

En la vereda del kirchnerismo, el triunfo superó las propias expectativas. Así como en el 2015 había cometido casi todos los errores posibles en la campaña, esta vez hizo todo bien. Optimizó sus recursos, con el timming justo. Se amplió sin meterse en el lodazal de las internas y el fuego amigo; confío genuinamente en su candidato a presidente; y ablandó un tono ideológico que, en 2015, ya había saturado. Alberto Fernández y Axel Kicillof resultaron candidatos mucho atractivos y sensatos que Daniel Scioli y Aníbal Fernández. Podía no funcionar, pero funcionó.

El 18 de mayo a la mañana, Cristina Kirchner hizo la jugada que derivaría en el jaque mate del macrismo. Su corrimiento a la vicepresidencia favoreció una unidad ancha dirigencial del peronismo, que también se tradujo en votos. Roberto Lavagna hizo su aporte al aislarse y empujar a Massa al Frente de Todos. Mientras Alberto hablaba llanamente sobre los problemas de la vida cotidiana, Macri empujaba la campaña hacia el terreno de los valores. La antinomia de la república vs el populismo resultó demasiado abstracta e insensible ante la pésima situación económica. La aventura macrista llegó hasta un límite inesperado por los teóricos de la Casa Rosada: el de la realidad de la calle. Ese choque reveló lo que ahora ya es evidente: Macri no era un candidato competitivo.