(Por Andrés Fidanza) Presidente hace casi tres años, Mauricio Macri no abandona del todo el papel de la contemplación. Una actitud que, según el caso, puede ser meramente pasiva, victimizante o indignada. La suspensión con escándalo del River-Boca le sirvió para desplegar este último rol, enojado con la justicia y la dirigencia del fútbol, impotente ante lo que consideraba “una oportunidad para demostrar madurez y que estamos cambiando”. El pésimo operativo policial, controlado por el ministerio de Seguridad porteño pero asistido por la nación, quedó así en un segundo plano, según la versión presidencial.

Se trata de un recurso calculado para sacarle rédito político a situaciones adversas. Pero a su vez evidencia que al macrismo todo le cuesta mucho más de lo esperado. Desde los detalles en la gestión doméstica, hasta la citada “vuelta al mundo” de la Argentina, el gobierno no consigue los resultados previstos. No logra que se juegue la final de la Copa Libertadores, tampoco imponer un clima afín a sus intereses en la Corte Suprema, ni cerrar el acuerdo comercial entre Mercosur y la Unión Europea. La dificultad no pasa tanto por el ejercicio del poder, como por la falta de hechos concretos para exhibir.  

Cómodamente instalado en la Casa Rosada, Macri maneja la botonera estatal por momentos a voluntad, pero sin alcanzar los efectos deseados. Esa frustración lo condena al ejercicio de un panelismo quejoso sobre el peronismo, los jueces, los dirigentes del fútbol, los gremios y hasta la sociedad misma. Con una particularidad: lo hace sin renunciar a la pretensión de liderar una suerte de revolución cultural profunda, desde los pilotes históricos de la Argentina.

Cuando terminaba el G-20 del año pasado en la ciudad alemana de Hamburgo, Macri sacó a relucir una de sus jactancias preferidas: la de la “vuelta al mundo”. Desde el arranque del ciclo cambiemita, esa frase fue citada para sacar ventaja en la comparación con un kirchnerismo supuestamente pueblerino. La realización del G20 en Buenos Aires alimentó ese discurso oficial a lo largo del último año. Pero las metas del encuentro, postuladas por el propio gobierno, fueron moderando sus expectativas.

Entre el complejo panorama geopolítico y la imposibilidad argentina de avanzar en algunos acuerdos (como el del Mercosur con la Unión Europea y el posible ingreso del país a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico), más el reciente papelón del River-Boca, el macrismo se empezó a conformar con objetivos menos ambiciosos. A último momento, en Casa Rosada pretendían atravesar la cumbre en paz. Y a su vez se anotaban como propio un gol conocido de antemano: la de Buenos Aires es la primera reunión del G20, desde el 2008 a la fecha, que se realiza en Sudamérica.

En lo días previos a la cumbre, el macrismo eligió dar una imagen de hiperactividad orientada a garantizar la seguridad de los invitados. La ministra Patricia Bullrich encabezó el operativo. Los preparativos oficiales fueron desde el ciberespionaje preventivo hasta la estigmatización ideológica, el coqueteo con el Estado de sitio y la sobreactuación mediática. Se trató de un combo que deja al gobierno al borde de la bizarrez, incluso para los sectores seducidos por el speech de la mano dura.

Tras la renuncia del ministro porteño Martín Ocampo, cerca de Macri admitieron lo evidente: el ataque el micro de Boca y la suspensión del partido perjudicaron la imagen del país y el gobierno. Sobre todo porque el oficialismo pretendía hacer gala de su capacidad organizativa, frente a los 19 países invitados (que junto a la Argentina representan representan el 85% del producto bruto global, el 66% de la población mundial, el 75% del comercio internacional y el 80% de las inversiones globales).

Respecto al balance de la cita, la crisis del multilateralismo, sumada a las desconfianzas cruzadas entre los gobiernos de los 20 países, atentan contra la importancia y el alcance del consenso final. “No hay que esperar mucho. El poder no se transmite por contigüidad: o sea, una foto cerca de los poderosos no da poder. Me parece que son hechos más rituales que productivos para los intereses del país”, resume el ex canciller Rafael Bielsa.