(por Andrés Fidanza) Aún cuando busca mantener un inédito perfil bajo, a Cristina Kirchner la hacen opinar desde escuchas difundidas por goteo. Conversaciones políticamente irrelevantes, realizadas directamente por los servicios de inteligencia, y tomadas de una causa en la que la expresidenta ni siquiera figura como investigada. Tal operación, naturalizada por gran parte del sistema mediático y político, revela el carácter escenográfico del discurso republicano.

En la superficie de ese cartón pintado aparece Luis Caputo, con sus argumentaciones técnicas sobre las (supuestas) enormes diferencias que existen entre manejar, dirigir, administrar y ser accionista de una offshore en las islas Caimán. Si bien todas esas variantes redundan en debilitar a los Estados (y en el caso de Caputo, al Estado argentino), el oficialismo despliega sin pudores su distinción técnica.

En el sótano de esa puesta en escena se mueven a piacere los servicios de inteligencia: un submundo plagado de pujas políticas, de negocios, microemprendimientos y pillerías de bajo vuelo. La performance de la modelo Natacha Jaitt, denunciando una amplia red mediática de prostitución y pedofilia, terminó por confirmar que la trastienda del espionaje sigue siendo un hormiguero.

En 2014, la pelea de Cristina Kirchner con la conducción formal de la ex SIDE, encarnada por el mítico Jaime Stiuso, rompió el statu quo. Desde ese momento, las expulsiones masivas de agentes y el cambio de clima político potenciaron la desintegración. El intento cristinista de camporizar la AFI duró poco más de un año. Seis meses después de que Cristina Kirchner abandonara la Rosada, los agentes de la AFI pinchaban online sus charlas telefónicas con Oscar Parrilli, último jefe de la ex SIDE kirchnerista. Y seis meses más tarde, esas escuchas se empezaban a difundir desde ciertos medios.

Por decisión del juez Ariel Lijo, los empleados de la Agencia captaron en vivo las conversaciones de Parrilli, incluidas las charlas con Cristina Fernández: a la fecha, existen 90 CDs con los registros de eso intercambios telefónicos. Lijo podría haber delegado el trabajo en alguna otra fuerza de seguridad, pero optó por la AFI de Gustavo Arribas y Silvia Majdalani. A pesar de que las escuchas dependen de la Corte Suprema (y ya no de la AFI), Lijo pidió en junio de 2016 la colaboración de los agentes y se inclinó por la modalidad urgente del vivo y en directo, en general usada en casos de secuestros extorsivos.

El juez justificó esa decisión por el protagonismo que había tenido la ex SIDE en el inicio de la investigación contra Parrilli y otros tres ex espías. Según la versión de la actual conducción de la Agencia, los jefes macristas dieron con una carpeta que mostraba la complicidad de Parrilli con el narco Ibar Pérez Corradi, entonces prófugo por el triple crimen de General Rodríguez. Ese eslabonado derivó en una suerte de reality show televisivo, aún vigente y protagonizado involuntariamente por Cristina Kirchner. A medida que se volvía más burda y evidente la utilización política de esa jugada, empezó un pase de facturas cruzado sobre quién había sido el responsable de las filtraciones: ¿la Corte, la jefatura de la AFI, alguna tribu o cuentapropista del espionaje? La tolerancia general del establishment político y mediático volvió un ejercicio casi irrelevante el hallazgo de los culpables.

Tras ese escándalo, llegó la presentación de Jaitt, conectada con la AFI por un dato concreto: la vedette asistió al show de Mirtha Legrand acompañada por la periodista de Infobae Ana Polero. La propia Jaitt le agradeció vía tuit el coucheo en vivo para presentación televisiva. Polero aclaró que se trataba de un asesoramiento sobre el vestuario. Pero lo cierto es que la mujer de 66 años trabajó durante un año para la AFI macrista: desde marzo del 2016, a marzo del año pasado (no fueron tres meses, tal como circuló). Polero había entrado a la ex SIDE de la mano del ex director de Inteligencia sobre Delincuencia Económica y Financiera, Eduardo Miragaya. Ex fiscal, en los noventa Miragaya había sido un activo operador judicial del menemismo. A su vez se sumó a la AFI por decisión de Majdalani. Y duró el mismo lapso que Polero. El ingreso y la performance de Miragaya fue motivo de cierta tensión entre Majdalani y Arribas.

En ese río revuelto general, el kirchnerismo busca darle vida y perfil alto a la Comisión Bicameral que controla (debería hacerlo, al menos) a los servicios de inteligencia. En los próximos días se terminará de definir qué senadores y diputados la integrarán: los candidatos de Unidad Ciudadana para sumarse son los diputados Leopoldo Moreau y Rodolfo Tailhade. Prácticamente inactiva durante años, la Bicameral tuvo a la actual segunda de la Agencia Federal de Inteligencia, Silvia Majdalani, como su vicepresidenta entre 2011 y 2015.

Los últimos 35 años democráticos, regados de operaciones de inteligencia hechas desde la informalidad, por agentes retirados, inorgánicos o en actividad, son suficientes para concluir lo evidente: es imprescindible que exista un control externo y real sobre los servicios de inteligencia.