Durante su larga década de gobierno, el kirchnerismo determinó que su llegada al poder había marcado el regreso del interés masivo por la política, en especial en la generación de los sub-30. Y si bien se trató de una generalización un poco exagerada, lo cierto es que el kirchnerismo logró captar la atención de una importante franja juvenil.

Néstor y Cristina Kirchner tentaron a miles de adolescentes (y no tanto), ofreciéndoles dar una pelea contra algunos poderes fácticos: la 125 (una derrota que paradójicamente sirvió para consolidar la mística), la ley de medios, el matrimonio igualitario y la expropiación de YPF, por citar algunas. Peleas que, encima, se podían ganar.

Así, la política se reveló como una herramienta para cambiar la realidad, como un juego de verdad, independientemente de que fueran cambios profundos o más bien cosméticos. Miles de personas percibieron que así tenía sentido involucrarse en un partido. Ese energía militante genuina (que nunca fue apolítica, sino simplemente no se sintió atraída por los partidos tradicionales hasta el 2008, 2009) fue el principal capital del kirchnerismo.

Con la dirigencia K en crisis y la oposición peronista casi ausente, ahora esa demanda de representación se siente huérfana. De ahí la irrupción de Marcelo Tinelli, el papa Francisco y los ruidazos organizados desde las redes como mayores adversarios del gobierno. Y lo que antes parecía un regreso indiscutible de la política a la escena pública y la vida cotidiana, ahora se presenta como un repliegue hacia los asuntos privados. Desde una mirada casi filosófica, el macrismo alienta ese limitarse a “querer vivir en paz” por parte de la ciudadanía.

Ninguna de las dos tendencias, sin embargo, es o fue monolítica. Ni antes el interés por las cuestiones públicas era hegemónico, ni ahora el desdén por la política es una práctica obligada. Pero el cambio de época es innegable: incluso la difusión de casos como el Lópezgate lo alientan y facilitan.

Pese a ese panorama favorable, el macrismo empieza a mostrar síntomas de debilidad, ya detectados por las encuestas. Por primera vez en las mediciones de la Consultora Analogías, la evaluación de desempeño del Macri presenta un diferencial negativo del 7,7 %. La política económica de Cambiemos tiene una imagen negativa del 57,4%. Es decir, 10 puntos menos que en el mes de mayo. Y la desaprobación crece entre los sectores más humildes, y en el sur y el oeste del conurbano bonaerense; Macri presenta mayor aceptación en la zona norte del conurbano y en la Ciudad de Buenos Aires.

Sobre las preferencias por edad, la franja de 30 a 44 años su desaprobación pasa el promedio general en 5 puntos, alcanzando el 56,5%, y un diferencial negativo de 15 puntos. En contraste, entre los mayores de 60 años Macri presenta un diferencial de evaluación positivo de 13 puntos.

En una lectura de trazo grueso, los pobres y los jóvenes son los más disconformes con el gobierno. Y el hecho de que no haya quién lo aproveche no significa que el enojo social no exista.