(por Andrés Fidanza) Cuando el gobierno marchaba a cerrar el año políticamente invicto, casi sin traspiés ni grandes dificultades para imponer su rumbo (con ajuste incluido), una serie de retrocesos y errores no forzados le alteraron el guión. Sin caer en idealizaciones sobre una unidad plena casi impracticable, sobre fin de año la vasta familia peronista recuperó la iniciativa perdida y reforzó su perfil opositor.

Tras un año de desconfianzas, enfrentamientos larvados y pases de facturas vencidas, el mundo peronista llegó a un acuerdo en la Cámara de Diputados, alrededor del proyecto sobre el Impuesto a las Ganancias. Emilio Monzó le puso a Mauricio Macri su mejor cara de “te lo dije”. Y el presidente se fastidió con Sergio Massa, olvidando su estrategia de rivalizar casi exclusivamente con el kirchnerismo. La reacción instintiva de Macri fue sacar a relucir su speech más anti-peronista, para satisfacción plena de sus votantes más fanáticos y gorlismo friendly. Pero a los pocos días se impuso a la fuerza el ánimo negociador, y los funcionarios macristas arrancaron la ronda de llamados, mensajes por whatsapp, reuniones y presiones monetarias a senadores y gobernadores.

La reforma aprobada por los diputados opositores, con base en las cuatro ramas principales del peronismo, no se aplicará. Caducará en el senado o en manos de un veto presidencial. Ese desenlace ya está prescrito y no será una sorpresa para nadie. La novedad que trajo la audaz jugada opositora fue de otro tipo: habilitó un cambio de escenario. El gobierno, casi por primera vez a lo largo de su primer año en el poder, quedó bajo la lupa, escrutado y a la defensiva. Hasta el momento, el oficialismo había logrado avanzar exitosamente desde lo político (pese al congelamiento de la economía) con extremo perfil bajo. Pudo manejarse libremente sin que se consolidara el clivaje clásico (jerga politológica para referirse a quiénes son los antagonistas centrales y en función de qué) del gobierno versus la oposición.

En parte gracias al crédito social de su primer año, y otro poco por la colaboración de los grandes medios, el oficialismo pudo sostener ese estado de excepción. Otras situaciones también lo ayudaron: la omnipresencia de Cristina Kirchner (incluso a su pesar); la atomización peronista; y los acuerdos llave en mano que el gobierno hizo con los gremios, el massismo y las organizaciones sociales.

Ese modelo parece haber entrado en crisis, tras la unificación peronista a partir de una agenda concreta: la reforma del Impuesto a las Ganancias. Para conseguirlo, los actores peronistas hicieron una tregua tácita: el peronismo no K abandonó su búsqueda permanente de la diferenciación con el kirchnerismo; y el Frente para la Victoria hizo una pausa en su cacería de supuestos traidores dentro del peronismo. Ahora, abundan las reuniones, los asados, los brindis, las negociaciones y las planes entre compañeros y ex compañeros.

Pero ningún evento de la política, incluso los más palaciegos, ocurren en el vacío. Según un informe reciente de Ibarómetro, en las últimas semanas hubo un sensible cambio de clima entre los ciudadanos que se identifican como opositores al gobierno. Dentro de ese universo, la encuesta de Ibarómetro detectó un aumento importante de quienes prefieren una “oposición firme y que ponga límites”. En contrapartida, los que pretendían un modelo de oposición que “dialogue y acompañe” cayó del 36% al 16%.

El veranito peronista difícilmente se traduzca en una gran alianza electoral. Se verá entonces qué tribu peronista está en mejores condiciones para capitalizar ese ánimo creciente de una oposición más clara. Pero para eso falta: el peronismo suele resolver esos dilemas a último momento, un rato antes del cierre de las listas.