Por Andrés Fidanza

-¿Para cuándo imaginás una vuelta a cierta normalidad?

-Hay que entender el país como un todo. Hay provincias que ya están en esa suerte de normalidad, con algunas restricciones. Pero se está dando, salvo donde tenés casos: AMBA, Chaco, Río Negro. Donde aparece algún caso se toman medidas de aislamiento rápido para contener y eso hace que el virus no se propague. Ese es el mayor aprendizaje de este tiempo en cuanto a gestionar y contener una pandemia.

-Retrospectivamente, ¿cuándo asumiste que se trataba de una situación tan grave?

-Recuerdo que veníamos monitoreando el tema con Ginés durante enero, cuando los casos estaban muy radicados en Asia. Ahí convocamos una mesa ínter-ministerial, para ver qué les parecía a los expertos. Era muy embrionario todo. Ahí le hicimos un informe al presidente. 

-¿Y cuándo tomaron mayor conciencia?

-Cuando el presidente vuelve de su gira por Europa, a principios de febrero. Ahí empezamos a tomar más conciencia. Si empezaban los brotes en Europa, sabíamos que iban a venir para la Argentina. Pero igual fue un proceso. Ya en marzo identificamos que había dos vectores muy rápidos de contagio: las clases y el transporte público.

-¿Cuál es el trabajo de un jefe de Gabinete?

-Tiene a cargo la administración pública nacional. Es en algún punto el Jefe de la administración pública. Y ahí tenés mucho detalle: una gran cantidad de responsabilidades de toda índole en cada ministerio, cartera, programa y cada asignación presupuestaria. Eso  exige pensar mucho y fijar prioridades. También requiere de audacia. Si no, no hubiéramos sacado los supuestos superpoderes. Fue para quitar recursos de gastos reservados de la AFI y mandarlos para salud y para los investigadores que están haciendo los test rápidos. Ese tipo de políticas se llevan adelante con un equipo y con análisis, pero también con decisión. 

-Tu abuelo Antonio fue un presidente frustrado. ¿Te gustaría cumplir esa cuenta pendiente?

-Cuando Antonio escribió sus memorias, arranca diciendo: `Tres veces estuve cerca de mi sueño de ser presidente. En las tres oportunidades no pude, pero todavía sigo pensando que podría´. Esas oportunidades fueron en el 73, porque una de las posibilidades era que fuera él y no Cámpora. En el 83 tuvo una posibilidad en lugar de Luder. Y después quedó trunco en la interna con el Turco. Así que es el presidente que casi, casi... (risas).

-En el libro Antonio plantea que Duhalde lo traicionó.

-El escribió sus memorias. Así que él escribe lo que él percibe. Pero sí, él percibió eso.

-Si bien hoy no está en tus planes, ¿considerás esa posibilidad?

-No, yo tengo que hacer un buen trabajo en la Jefatura de Gabinete. Tengo que hacer coincidir las prioridades de gobierno con las prioridades de gestión; distribuir las partidas lo mejor y lo más equitativamente posible, con sentido estratégico. Es un trabajo que me exige mucho. Te diría que el anhelo de todo militante siempre es el de las más altas magistraturas, porque es el más alto reconocimiento. Pero hoy pienso en hacer bien mi laburo: es el desafío que tengo por delante.

-¿Hay un antídoto para no caer en la trampa del clima autoindulgente que genera el poder? 

-Yo trato de tener mucha relación con el territorio. Me defino como un militante territorial. Mantengo relación con el comerciante, con la pyme, con el laburante que se toma el bondi, con el que necesita el transporte público para llegar a su trabajo, con el que vive en una villa y el que atiende un comedor. Ese es mi antídoto. 

-¿Cómo lidiás con las críticas que te hacen, incluso las de fuego amigo?

-Críticas siempre hay. Siempre hay alguien que considera que lo puede hacer mejor que uno. Es una realidad. A veces hay críticas que son más sordas e infundadas. También las hay fundadas, y hay que tenerlas en cuenta. Sirven para corregir. Me siento parte de una generación política que no es cerrada, que está muy abierta a nuevas ideas, movimientos y propuestas.

-¿El antiperonismo se exacerbó a partir del último gobierno de Cristina Kirchner?

-Me parece que últimamente, a partir de Mauricio Macri, encontró una representación unificada. Es un anti-peronismo muy profundo. Trato de no decir gorilismo porque me parece que es descalificarlo. Pero sí creo que hay un antiperonismo profundo que hoy se expresa en Macri, en el macrismo.

-¿Es una corriente histórica casi permanente?

-Por ahí es cierto que se haya exacerbado en el último gobierno de Cristina. Pero siempre estuvo latente. Son 30, 35 puntos en cada elección. Hay que ver quién lo aglutina. Muchas veces ese porcentaje estuvo dividido en opciones distintas. 

-¿Macri tuvo la capacidad de centralizarlo?

-Sí, ahora está bastante más claro. El macrismo se encargó más de ser antiperonista o antikirchnerista que de ser un gobierno propio. Durante cuatro años buscó ver en qué se diferenciaba. Se dedicó a ver cómo combatía el gobierno anterior, antes de ver qué decir.

-Tras tantos liderazgos y gobiernos disímiles, ¿qué es el peronismo?

-El peronismo te da materialidad. Las hegemonías políticas se construyen a partir de la materialidad. El peronismo fue hegemónico y todavía persiste una memoria del peronismo porque distribuyó riqueza y le cambió la calidad de vida a mucha gente. El kirchnerismo hizo eso. Cristina dio materialidad. Macri fue en dirección contraria: quitó derechos y destruyó la economía. Quiso construir un sentido común a partir de una sociedad premoldeada por él. Y si la sociedad no se comportaba como él decía, no era digna de su tierra prometida. Si vos te esforzabas, a partir de tu mérito personal, ibas a poder llegar. Pero nunca se discutía el sistema y se sacaba a la política del juego. Quería una sociedad apática, apolítica. Esa no era la Argentina. Por eso lo sacaron de una patada.