Morón fue el semillero político de los actuales protagonistas de la escena política argentina. En sus inicios, Alberto Nisman trabajaba en el juzgado provincial Nº 7 de Morón, a cargo del juez Alfredo Ruiz Paz.

El secretario era Santiago Blanco Bermúdez, el mismo que ahora defiende a Antonio Stiuso y otros personajes de la Secretaría de Inteligencia. Ahí también convivió con otro personaje que haría carrera jurídica y luego política: Guillermo Montenegro, ex juez y actual ministro de Seguridad de Mauricio Macri.

El jefe de Nisman era el fiscal Gerardo Pollicita, quien lo ascendió dos veces cuando era su superior inmediato y siempre lo catalogó como “un chico brillante”.

El actual fiscal de la Cámara de Casación, Raúl Plee, conoció a Nisman en 1989 en el despacho del juez Gerardo Larrambebere.

Nisman había apurado la vuelta de sus vacaciones a raíz del asalto del Movimiento Todos por la Patria (MTP) al Regimiento de Infantería Mecanizada 3, de La Tablada. Por aquellos días también el fiscal Gerardo Pollicita conoció a Raúl Pleé, quien se volvería una especie de referente tanto para Nisman como para Pollicita.

Plee fue quien los marcó con su estilo de trabajo. Pollicita lo tomó como su referente. Y si bien saltó a la Cámara Federal de San Martín, donde fue secretario del tribunal, volvió a acercarse a Plee para convertirse en su segundo en Capital Federal, hasta que él mismo fue designado fiscal, hace 22 años.

A raíz del copamiento de la Tablada, Larrambebere necesitaba un secretario más que lo ayudara en la instrucción del copamiento: el puesto sería de Nisman.

Larrambebere, jefe de Nisman, investigó el copamiento y la denuncia por apremios ilegales presentada por los detenidos fuera del cuartel; y la presunta fuga de Iván Ruiz y José Díaz.

Sobre las torturas y maltratos, el juez dijo no haber encontrado elementos para imputar a nadie. En el caso de la desaparición de Ruiz y Díaz, Nisman convalidó el increíble relato oficial: que los dos guerrilleros lograron escapar desarmados y heridos, después de combatir durante ocho horas, en un cuartel rodeado de policías y militares.