(por Ignacio Cantala) El sistema político representativo expresa en su composición las relaciones de fuerza e intereses de los diversos actores de la sociedad. Una de las variables de su ordenamiento radica en el sistema electoral, donde la sociedad mediante la elección popular determina quienes interpelan de mejor modo su propia visión del país y el mundo. El voto siendo el más democrático y digno no es el único de los modos de pertenencia al sistema político.

Las otras maneras de pertenecer o acceder encuentran su obvia respuesta en los mecanismos de los factores de poder para ubicar sus propios representantes. En esta caracterización radican las acusaciones que se lanzan dirigentes políticos cuando acusan a otra de tener coraje para asumir la defensa de sus representados. Sobre todo, aquellos que acceden por el voto popular y pasan a representar otros intereses.

La novedad más importante del verano del 2018 viene siendo la coincidencia acerca de la unidad del peronismo o unidad opositora. Cada espacio del peronismo tiene su vocero para exponer sus condiciones, límites o método para avanzar en ese proceso.

Lo llamativo resulta la reaparición de un actor que aún no representando ningún espacio del peronismo, ninguna organización, ninguna construcción política relevante aparece en los medios de comunicación como eslabón central de la unidad. Mirando la foto de apertura del encuentro en la UMET se encuentra rápidamente a quien no fue elegido en ninguna organización gremial ni elección popular. Pese a ello, Alberto Fernández está ahí. Erguido, digno, con una moral de acero y con una capacidad política innegable.

Observar su trayectoria política de los últimos veinte años permite desentrañar su inalterable presencia, incluso cuando su última candidatura fue en el año 2000 como legislador de la lista que llevó a candidato a jefe de gobierno de la ciudad a Domigo Cavallo.

Jefe de gabinete plenipotenciario durante los gobierno de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, era el interlocutor con el Grupo Clarín hasta que el equilibrio entre ser interlocutor y representante del Grupo estalló por el aire con el conflicto con las patronales agrarias en el 2008.

En la Ciudad de Buenos Aires su acción política fue determinante para el triunfo de Macri en el 2007. Quizás sus críticas de hoy busquen redención de ese pecado originario, pero nadie lo cree. Su apuesta por Filmus en contra de Telerman terminó fracturando el espacio progresista de la Ciudad y garantizando el triunfo del PRO.

Sus “éxitos” políticos luego se encadenaron con dirigentes que venían de su mano: Romina Picolloti, Héctor Capaccioli, Graciela Ocaña o Martín Lousteau. Llegaban de su mano, pero los soltaba antes de que sus caídas lo arrastraran. De su cabeza surgieron también los acercamientos con Luis Juez, Urtubey y Binner, en algunos casos con consecuencias desastrosas y aún no superadas por el kirchnerismo, como en la provincia de Córdoba.

Todos coinciden que el kirchnerismo como identidad política se consolidó durante el conflicto con las patronales agrarias. Ese conflicto determinó posicionamientos políticos innegociables para el kirchnerismo, y fue allí donde se afianzó la fuerza política que en los años posteriores llevaría adelante las medidas de justicia social más importantes de los últimos 50 años.

Ese fenómeno coincidió con la salida de Alberto Fernández del gobierno de Cristina Kirchner. Luego vendrían sus delirantes análisis acerca de su condición de fundador y exegeta de las acciones políticas del gobierno que había abandonado, del estilo “esto no es lo que queríamos en el 2003” o cosas semejantes. Lo cierto es que el kirchnerismo como identidad se consolidó post Alberto Fernández.

Si no representa al voto popular, ni a trabajadores organizados sindicalmente, si no representa una construcción política, entonces Alberto Fernández representa a una facción de los grupos de poder.

Como es sabido, el Presidente Macri logró aglutinar a las diversas facciones del poder dominante en contra del kirchnerismo. Luego de asumido su plan económico manifestó un acuerdo con el sector del capital transnacional en desmedro de los sectores del capital nacional, fundamentalmente los sectores vinculados a la producción que se vieron afectados por la consolidación del esquema de valorización financiera.

En esta disputa al interior de los sectores dominantes nacen muchos de los experimentos de la vida política nacional. De pronto, actores políticos se van de sus espacios, fraccionan el espacio nacional y popular y plantean una construcción alternativa. Sin importar su éxito electoral, su finalidad se cumple por el sólo hecho de fracturar el espacio al que pertenecían.

Massa en el 2013 y Randazzo en el 2017, con sus matices, entran en esta lógica que tiene como común denominador a Alberto Fernández.

Incluso con Massa lanzado en su candidatura junto a Stolbizer, en una oferta electoral que buscaba disputar votantes del universo de Cambiemos, Alberto Fernández pasó a ser jefe de campaña de Florencio Randazzo, cuya candidatura disputaba votos al interior del universo del campo nacional y popular. No resulta difícil analizar sus intenciones y los intereses de quien representa.

Alberto maneja sus declaraciones y movimientos políticos con la sabiduría de quienes siempre estuvieron y con la capacidad política de los que se mantienen sin someterse nunca a una elección popular. Su presencia en el sistema político es análoga a su construcción: siempre individual, y a su “éxito”: la permanencia. Marche un imán en la heladera que rece “eso de durar y transcurrir no nos da derecho a presumir, porque no es lo mismo que vivir, honrar la vida”.