Tras la tanda de tarifazos a los servicios, al ministro Aranguren le tocó encarnar el rol del villano perfecto: frontman de las medidas más antipáticas del gobierno (los tarifazos a los servicios, más la exención de impuestos a la minería), puching-ball de la oposición y ministro más cuestionado del gabinete, según las encuestas.

Para un estudio de la consultora Centro de Estudios de Opinión Pública (CEOP), siete de cada diez argentinos piensan que la economía está mal o muy mal. También siete de cada diez sostienen que es imposible pagar la tarifas de acuerdo al aumento dispuesto por el Gobierno y la mayoría considera que el ministro de Energía, Juan José Aranguren, debe renunciar. Y seis de cada 10 están de acuerdo con las protestas contra el tarifazo.

La condena a Aranguren esconde el malentendido de que nadie toma decisiones tan delicadas como el aumento de servicios públicos básicos sin haber sido mandatado por el presidente. La confusión, sin embargo, le sirve tanto al gobierno como a la oposición: a Macri para tener al ministro como potencial fusible (desde Casa Rosada por ahora descartan el despido), y a los dirigentes opositores para criticar al oficialismo, sin hacer foco directamente sobre el presidente.

Por debajo del folclore del sistema político, la figura de Aranguren habilita cuestionamientos de distintas intensidades y consecuencias. Para los antimacristas reafirma el rechazo y a la vez provee de nuevos argumentos. Pero hay algo más importante: para los votantes macristas no fanáticos y para las miles de personas que depositan su confianza en las buenas intenciones del PRO (aún sin haber elegido a Macri en el balotaje), los tarifazos aranguristas son la vía de ingreso hacia las primeras y más claras objeciones al gobierno.

Aranguren no es un ministro más: con una trayectoria de 38 años en Shell, donde cumplió el sueño americano de progresar desde pinche a presidente, es el arquetipo del ex CEO que entró inesperadamente a la política tentado por Macri. Y arrastra con algunas de las convicciones, las hipocresías y las idealizaciones propias de ese sector liberal. Desde el Estado, Aranguren cree en la necesidad de otorgar un guiño económico hacia sus (ex) colegas, sean representantes de mineras, petroleras o distribuidoras de luz y gas, bajo el razonamiento de que más ganancias empresarias garantizarán mayor inversiones y mejores servicios.

Durante su larga carrera en Shell, sin embargo, el negocio de la petrolera anglo-holandesa se limitó (y todavía lo hace) a la venta directa y a la refinería, en la única planta que la compañía tiene en Avellaneda. Así, optó por minimizar el riesgo y la audacia empresaria: casi no exploró ni produjo petróleo.

Aranguren fue más un administrador que un ejecutivo perfilado hacia la innovación, al punto de que Shell prácticamente no prestó atención a la posibilidad de invertir en Vaca Muerta, el mega yacimiento neuquino de gas y petróleo. Y si bien ahora niega que Vaca Muerta esté estancada (por la caída del precio mundial del crudo, los costos dolarizados para desarrollar el fraking y los sueldos altos de los petroleros), el año pasado opinaba lo contrario: “El tiempo que lleva invertir para poder tener un desarrollo de energía eólica es más corto que lo que puede ser Vaca Muerta, que requiere un alto nivel de inversión”.

Hasta sus 61 años, el ojo de Aranguren estaba entrenado exclusivamente para detectar la rentabilidad. Y a diferencia de otros ministros que también arribaron desde las primeras o segundas líneas empresarias, Aranguren no tuvo una experiencia de transición en el gobierno porteño, tal como le sucedió al ministerio de Transporte, Guillermo Dietrich.

El equipo de funcionarios de Aranguren también cambió abruptamente su lado del mostrador: la mayoría pasó a controlar a empresas en las que trabajaba hasta hacía pocos meses. Por caso: el secretario de Recursos Hidrocarburíferos, José Luis Sureda, fue vicepresidente de Ventas de Gas Natural de Pan American Energy (PAE); el secretario de Planeamiento Estratégico, Daniel Redondo, hizo su carrera en Exxon Mobil; el subsecretario de Energías Renovables, Sebastián Kind, era el especialista (y lobbista) en energía eólica de British Petroleum y PAE; y el Subsecretario de Refinación y Comercialización, Pablo Popik, vino de la petrolera Axion.

En los entes reguladores del sector energético, también desembarcaron ex gerentes. Macri eligió como presidente de Enargas a David José Tezanos, presidente de Metrogas y director de Gas de YPF. Para la presidencia del Ente Nacional Regulador de la Electricidad (ENRE), optó por Juan Garade, un contador público que trabajó casi once años como director de Planificación, Control y Regulación de Edesur y, antes de eso, fue gerente de Planificación Económica de Edenor.

En caso de que supere con éxito el bullying al que será sometido en Diputados, Aranguren después se sumará al pressing-ruego macrista hacia la Corte Suprema, en búsqueda de un fallo favorable respecto a la suba de tarifas. Si esos planetas también se le alinean, con el precio de los servicios ya multiplicados, recién entonces se pondrán en juego sus presupuestos. Y con los de él, los de gran parte del gobierno.