Por Víctor Ego Ducrot (*) / Si fuese estadounidense no lo hubiese votado; tampoco a Hillary. Hubiese tratado de descifrar qué y cómo hacer, pensando en Angela Davis, en Malcom X; incluso en John Reed y en tantos y tantos militantes por las causas nobles que dio el país de Mohammed Ali. Pero por suerte soy sudaca y de éstas tierras sufridas del Río de la Plata; y como no creo ni jota en lo que dicen los aparatos mediáticos, sean halcones o palomas, trogloditas o progres a la virulí, porque por allá los progres son más chantas que lo nuestros; pues entonces me importa un pito las indignaciones morales y vergonzantes de ustedes, de los estadounidenses indignados.

El farmacéutico se levantó, extendió el brazo y haciendo chasquear la yema de los dedos, exclamó ante el mozo del café que miraba asombrado la escena: Rajá, turrito, rajá. Sí, de Roberto Arlt en Los siete locos, pero que tentado se siente uno de decírselo a cada paso a ciertos personajes conocidos, a uno a quien el flequillete rojizo se le revolotea y a otro, que con gusto podría ir en préstamo y sin retorno para los estadounidenses o gringuitos que tanto se rasgan las vestiduras, el mismo que un día se lastró el bigote, de glotón, de nene de papa que se chorea las monedas del jarrón del living pero le carga la romana a la pobre mina que labura en casa de Franco, mientras éste hace guita choreándole al Estado con la persistencia de una cucaracha, porque sabrán ustedes que esos bichitos sobrevivieron a cuanto cataclismo azotó a la Tierra. Sí, che no jodan con Trump, o le mandamos a Macri.

Tomás Maldonado es uno de los más relevantes artistas e intelectuales argentinos. Plástico y filósofo del diseño y filósofo a secas, quizá uno los últimos de los humanistas. Hace añazos que está radicado en las universidades europeas. En abril próximo cumplirá 95 años y deberíamos traerlo a nuestras aulas por un par de días aunque más no fuese, para que se refiera al mundo que vivió y sobre todo al que se avecina. Una vez me dijo que el capitalismo y Estados Unidos como emblema del mismo conforman el aparato digestivo más portentoso que cualquier humano alguna vez pudo imaginar: asimila todo, especialmente sus propias inmundicias.

Por eso es que los gringos no deben hacer tanta alharaca; porque al fin de cuentas votaron como propuso que lo hicieran uno de sus personajes más famosos de los últimos años, ese engendro come hamburguesas con pinta de humano y prototipo del yanqui profundo llamado Homero Simpson, de Springfield – recordemos que el aporte más jugoso al PBI y a la balanza comercial de Estados Unidos lo hacen las llamadas industrias culturales, estratégicas para que millones de seres humanos se comporten conforme a los intereses de unos pocos – , y finalmente ahí lo tienen, este 20 de enero, don Donald apoyará su culo sobre el sillón estelar del Despacho Oval.

¡Jódanse! Y eso que los argentinos no somos los más indicados para andar por el mundo, sueltos de cuerpo y ligeros de equipaje, explicándole al prójimo cómo se hace para votar y elegir a un buen presidente. Si alguno se delira, se zarpa o derrapa y cree que sí, que lo podemos hacer, pues entonces le recuerdo que tenemos un presidente que se llama Mauricio Macri.

Y ¡jódanse!, podrían decirnos con todo derecho los gringuitos. La única diferencia es que nosotros, los argentinos, no andamos por ahí día y noche abusando de la paciencia humana con nuestra desgracia presidencial. ¡Córtenla che, que aunque ahora Obama se quiera hacer el intelectual – si hasta aparecieron algunos periodistas diciendo que desde Lincoln no hubo inquilino de la Casa Blanca tan leído como el tal Barak – lo cierto es que él (y Hillary) buenos amantes fueron de las bombas y los campos de concentración (sic. Guantánamo). Y hasta aquí para hacerla corta con la charlatanería demócrata.

Y ya que mencioné a Abraham Lincoln. Más allá de los fuegos de artificios con los chinos, con los rusos, con la teutona Merkel y con todo aquél o aquella con la que el fascista Trump sueñe la noche anterior, porque la cena le cayó mal o porque fumó de la mala, lo cierto es que sus anuncios concretos hasta ahora no difieren en mucho de los ejes centrales del ganador de la Guerra de la Secesión e iniciador de las políticas de estado del partido Republicano, sí de don Lincoln: qué vaya a saber uno por qué tanta gente bien intencionada lo alojó en la galería de los grandes prohombres de la democracia, si fue el fundador del Estados Unidos con vocación imperial, vocación que fue acto, y así desde entonces, tras los bombazos nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki.

El que no me crea allí tiene algunos libros fundacionales sobre el asunto y algo más: la novela Imperio, del estadounidense no hace tanto fallecido, Gore Vidal; el ensayo El club de los metafísicos, del brillante colega, profesor de la Universidad de Nueva York, Louis Menand; y en una dimensión muchísimo más modesta, algunas de mis clases sobre Historia del Siglo XX, cada segundo semestre de año lectivo, en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP.

En definitiva. Ustedes gringuitos, jódanse; lástima que hace más de un siglo que están jodiendo a todo el mundo.

(*) El autor es doctor en Comunicación por la UNLP. Profesor titular de Historia del Siglo XX (Cátedra II) en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP. Periodista y escritor.