Si bien la edición es un poco maliciosa, resume el cambio de humores políticos y sociales que fue desde aquel 10 de diciembre lleno de euforia, hasta el 10 de junio de ayer bastante más apagado. La moraleja es conocida: gobernar es difícil.

De una punta a la otra de las escenas, la tira de decisiones macristas dio por resultado una economía congelada. Y en definitiva esa es la conclusión más importante para el gobierno, los gremios, la sociedad y la oposición, tras seis meses de experiencia PRO.

En favor del gobierno, el macrismo encarna una forma novedosa del ejercicio del poder: con mucha corrección del rumbo sobre la marcha, ante errores señaladas desde afuera. Y si bien las rectificaciones sólo llegan cuando la bola de malestar se instala en la agenda mediática, y nunca tras una introspección crítica, lo cierto es que al menos llega. Y otra curiosidad de estilo: el macrismo procesa sus internas sin sangre.

Hasta ahí los rasgos extra-económicos. “No escuchen a una minoría que quiere que nos vaya mal”, dijo Macri en uno de los dos actos que protagonizó ayer, con medio año encima en su nuevo trabajo.

Tanto en aquel 10 de diciembre como ayer, Macri se refirió indirectamente al kirchnerismo. Lo colocó en el papel de adversario latente con el que (le conviene) polarizar. Pero ayer sus dos discursos tuvieron un plus: en una suerte de balance forzado por las fechas, Macri intentó motivar a sus votantes, pero a la vez se atajó respecto al clima de ajuste, tarifazos y economía en baja.

"Sé que esta transición y este sinceramiento de la economía no ha sido fácil", admitió, y enseguida aseguró: “estamos generando confianza, que es lo que trae inversiones y empleo". Fue durante su primera aparición pública del día, en un acto en la ciudad entrerriana de Concordia, donde anunció una inversión de la empresa Coca Cola.

"Hay muchos que tienen miedo, que no saben si esto va a funcionar o no. A ellos les digo que no escuchen a una minoría que quiere que nos vaya mal, que les mete miedo", aseguró, en continuidad conceptual con su primer discurso.

Así, sin renunciar al optimismo que ya está metido en el ADN de cada acto y cada uno de los (breves) discursos PRO, Macri les pidió paciencia a sus votantes. Un pedido con cláusula de prórroga adherida: si hace unos meses el repunte estaba garantizado para el segundo semestre, ahora ya pinta para fin de año o principios de 2017.

Ante este panorama, la caída de Macri en las encuestas era (y es) un dato previsible. Según un reciente estudio de Ibarómetro, la imagen de la gestión mantiene un declive constante desde el 10 de diciembre. De la valoración positiva del 65% y negativa del 25% con las que arrancó, hoy la percepción le da una imagen positiva del 51% y negativa del 45%.

El desencanto con la performance macrista, sin embargo, no resulta un dato trágico para el PRO. Incluso es menor al que se podría esperar ante el contexto de ajuste y altísima inflación, en parte gracias al limbo deliberativo en el que se mantiene el peronismo. Así, con el kirchnerismo como principal fantasma opositor, pero sin un único dirigente que pueda capitalizar el mal humor, el gobierno consiguió que la sociedad le hiciera precio, a medio año del debut macrista en el balcón.