(por Ignacio Cantala) El peronismo transitó toda su existencia entre tensiones sobre su propia definición. Coyunturas globales y locales fueron dotando de color una identidad nunca determinada. De allí que ante la pregunta por la definición del peronismo surge un amplio abanico de respuestas que van desde ser un sentimiento hasta una filosofía, desde el idealismo romántico igualitario al pragmatismo del ejercicio del poder.

Atravesados por esta complejidad se ubican en veredas opuestas quienes asumen el dinamismo flexible como parte de la naturaleza constitutiva del peronismo y, quienes creen que los valores y principios doctrinarios configuran un núcleo de ideas innegociables.

Por ello, los flexibles, los que se mueven o juegan al tiempo de las necesidades políticas coyunturales lo hacen con la naturalidad de quien responde a una identidad histórica. De igual modo, se posicionan los que plantan banderas para no ceder y resistir cualquier quita de derechos que contradiga la naturaleza filosófica del peronismo. Pero a diferencia de la tragedia clásica, la del peronismo encuentra su solución en la figura del líder. Por ahora, el liderazgo de derecha de Macri debería servir al menos como garantía de la unidad opositora, mientras (re)surge un liderazgo en el campo nacional y popular.

Sin embargo, en la actual coyuntura la cuestión del liderazgo resulta secundaria ante la definición estratégica de si el peronismo es un movimiento nacional o simplemente una bolsa de donde cada uno se sirve lo que le conviene. Una variable para medir la dinámica de ese clivaje la constituye la incapacidad por definir un programa que exprese un futuro con desarrollo económico, inclusión social y renovación política, que contrasta con una enérgica y sistemática vocación por negociar recursos que sostengan la práctica política individual, o peor aún, sus afectos, vidas paralelas, el ocio y la recreación. Estos últimos ven al peronismo como una bolsa de trabajo.

El mundo del revés

La “doctrina” Irurzun sobre las prisiones preventivas, que habilitó detenciones teledirigidas y arbitrarias sobre funcionarios del gobierno saliente, en base a la idea del “poder residual”, resulta cada vez menos convincente frente al reflejo cotidiano de denuncias y procesamientos de funcionarios de la actual gestión. La selectividad en la aplicación del original criterio habla tanto de la funcionalidad política de Irurzun como de la debilidad de las garantías del Estado de derecho en nuestro país.

Esa selectividad no refiere a fundamentos jurídicos sino a la reproducción de golpes de efecto que dañen al sector mayoritario de la oposición, que dañen la figura de Cristina Kirchner y que distraigan la atención respecto al creciente malestar social contra el gobierno. La prisión ilegal de funcionarios del gobierno anterior y la persecución judicial sobre el conjunto de ellos, habilitó la reaparición de ciertas figuras en la construcción de la unidad del peronismo que termina configurando una escena dantesca.

Este mundo del revés encuentra a Zannini preso, detención insostenible al día de hoy, y a Alberto Fernández cafeteando la construcción de la unidad. Quienes entienden la política como una rueda y el peronismo como una bolsa, saben que Alberto Fernández es uno de los que nunca se bajaron de la rueda y siempre sacan de la bolsa. El hacedor de los mil fracasos -desde Picolotti hasta Cobos-, vendido por los medios como el armador letal, y que sólo lo compran los que buscan el favor de quien lo vende.

Perón enseñaba que un movimiento nacional se construye en base a la acción solidaria de hombres y mujeres que comparten una doctrina, un modo de mirar el mundo, y alertaba sobre esas pequeñas individualidades carentes de conciencia social que actúan en beneficio propio. Sin esos dos estados, la conciencia social y la acción solidaria, la política se vuelve autodestructiva.

Recuperar la idea de la bolsa para el lado de la construcción requiere negar la estigmatización del movimiento como una bolsa de felinos que se reproducen. La bolsa es el espacio común, donde todos aportan y donde todo se reparte. Cuando un vivo quiere sacar ventaja para sí, se perjudica él mismo y al movimiento.

La unidad del peronismo debe tener la capacidad de reconstruir ese espacio donde todos aportan, se sienten parte y confían en el otro. Ese proceso decantará a quienes aparecen en escena para manotear o agujerear la bolsa. A fuego lento, entre quienes ponen y no marcan límites, entre los que dicen lo que piensan y los que especulan, se sigue cocinando una unidad opositora que reagrupa voluntades con la convicción de que sea con la menor cantidad de sapos y bosta posible.

El Amo no hace trampa

En el “retiro” de Chapadmalal el Presidente Macri afirmó que “hacemos trampa porque competimos contra la nada”. La nada vendría siendo tanto la oposición política, en gran parte domesticada bajo el eufemismo de la responsabilidad, la gobernabilidad y el diálogo, pero también el poder judicial y los medios de comunicación que nada hacen frente a los desmanejos del gobierno. En definitiva, el Presidente reconoció que el gobierno no tiene frenos inhibitorios y avanza con total impunidad.

Es una nueva variante de la “pesada herencia” como justificación de la trampa propia. Nos perdonan la trampa porque los otros fueron peores, piensa el Presidente, sin importarle nada la moral y la ética de sus actos. En definitiva, en la presidencia como en la estancia siempre jugando al amo, con la soberbia del vivo infalible y enajenado que asume la trampa como válida antes de asumir un error. Allí subyacen también las desvergonzadas defensas de los ilícitos que involucran a los ministros Caputo y Triaca.

La liberación y el desarrollo de la nación se alcanzan por el sendero opuesto, que es el de la realización mediante el trabajo. El peronismo debe buscar por allí su anclaje histórico para hacer frente a los desafíos presentes y futuros.