Lo más importante: se trató de la primera derrota política del gobierno, sobre todo si se la lee (y así hay que leerla) en paralelo a la media sanción de la ley anti-despidos. El gobierno perdió iniciativa y control sobre el stato quo que había logrado instaurar.

Antes que la revitalización mágica del gigante sindical dormido, la marcha unificada funcionó como un sello y una bisagra negativa para el PRO. Le puso masividad, discursos, presencias, petardos y despliegue callejero a lo que hasta ahora circulaba como un run run: que la política macrista propicia un ajuste perjudicial para los trabajadores. Esa afirmación, que se mantenía como una obviedad en ámbitos opositores (sobre todo kirchneristas), ayer empezó a desbordar hacia el mundo gremial. O en realidad, y eso sería más grave para el gobierno, empezó a grabarse dentro del movimiento obrero.

Los dirigentes sindicales salieron a la calle forzados por el macrismo. Algunos con entusiasmo, otros a desgano, por inercia o mera rutina ideológica, pero marcharon casi obligados. Los arrinconó el contexto de ajuste, sumado a la advertencia de que Mauricio Macri vetería la ley anti-despidos. Se verá si, tras la multitudinaria marcha de ayer, el presidente modifica esa postura.

Pero más allá del debate puntual sobre ese proyecto (que tampoco podría torcer el rumbo de la política económica integral), el acto generó una mini-crisis en la estrategia macrista de pactar paz social con los gremios, los grandes medios y la oposición peronista.

Al momento, el macrismo había tenido más cintura política de la esperada. Pese a la ola de despidos (estatales y privados), había mantenido razonablemente a raya el reclamo sindical de la CGT. Caja del Estado en mano, a su vez logró dividir al peronismo, y consiguió mayorías parlamentarias impensadas en ambas cámaras.

Desde hace un par de semanas, sin embargo, el sector PRO-friendly del PJ empezó a mostrarle los dientes. Y aunque no haya sido el objetivo buscado, la marcha de ayer potenciará ese aire opositor. Los pactos de gobernabilidad, queda claro, son bastante más volátiles de lo que el oficialismo quisiera.

Como plan B, si el macrismo pretendiera saltearse a la dirigencia gremial y establecer un diálogo directo con los trabajadores, tendría que tener algo contante y sonante para ofrecer. Y ni siquiera a Cristina Kirchner, quien también optó por evitarse la mediación de Hugo Moyano, le funcionó del todo ese recurso. Ofreció boom de consumo y millones de nuevos empleos, pero no le alcanzó para que su fuerza ganara la elección presidencial. Triunfó Macri, con el apoyo determinante de (imposible saber cuántos) una porción de los trabajadores que ayer se manifestaron.