En apenas una sucesión de días, el kirchnerismo se relanzó como espacio político nacional y, sin tiempo a procesar lo que se había logrado, caminó por la cornisa de la angustia. La ofensiva de la dupla Claudio Bonadio-Carlos Stornelli, con sus terminales dentro del PJ y su inspiración internacional, se configuró en una amenaza extrema, de una violencia palpable. Aunque los objetivos sean demasiado obvios, no por eso pierden totalmente su eficacia: distraer a la opinión pública de la catástrofe final del modelo económico de Cambiemos, intentar echar culpas sobre otro actor político por el deterioro de la calidad de vida, inhabilitar electoralmente a CFK y, si los números en el Senado dan, encarcelarla al modo Lula.

 Este miércoles, sin embargo, el pedido de autorización por parte de Bonadio para allanar todos los domicilios de la principal líder y figura simbólica del kirchnerismo fracasó en el Senado. Contra todos los pronósticos. No todos los dirigentes territoriales del peronismo están dispuestos a incurrir en el acto de no retorno más audaz, servil a la Casa Rosada, e imperdonable para las bases electorales del conglomerado partidario, sindical y de organizaciones sociales que se expresa en Unidad Ciudadana. Porque, queda claro, aportar las bancas necesarias para que Bonadio tenga su festival de hombre duro, apadrinado por La Embajada, implica cruzar un límite. Asumir un riesgo. Un camino que –claro- ya se recorrió en Brasil.

 La detención de Lula, al igual que el golpe parlamentario contra Dilma Rousseff, no fueron posibles sólo por la acción de Sergio Moro, el juez de primera instancia del estado de Paraná que puso a Lula tras las rejas. Ni tampoco por la erosión cotidiana que desplegó la Red O Globo. Hubo aliados del lulismo, como también legisladores que formaban parte de la coalición que había postulado para la Presidencia a la fórmula Dilma-Temer, que acompañaron todo el proceso. Algunos en la pantalla y a la luz pública. Otros en las sombras, conspirando. En este punto, otra vez, Brasil y Argentina siguen caminos paralelos.

Imaginar lo nuevo en medio del ataque

El relanzamiento del sábado en Ensenada tuvo a Máximo Kirchner como figura central. El diputado viene consolidando su inserción en el distrito electoral más grande del país: la provincia de Buenos Aires. El año próximo se vence su mandato, para el que fue elegido en representación de Santa Cruz. Es probable que en 2019 el hijo mayor de Cristina compita por una banca en el Congreso, pero desde una posición estelar en una lista bonaerense. La PBA es, por cantidad de habitantes, el distrito que incorpora más diputados a la Cámara Baja.

En el plenario de Unidad Ciudadana, Máximo analizó la actualidad explosiva de las variables económicas. El discurso del fundador de La Cámpora duró 47 minutos. Tuvo momentos poco habituales para un polideportivo atestado de gente: Máximo leyó citas de un libro que tenía marcado, Economistas contra la democracia, del autor francés Jacques Sapir. El diputado también puso el eje sobre la prioridad de recrear algo nuevo, que retome la tradición y la identidad del kirchnerismo pero se proponga superarlo. Un ejemplo de ese objetivo podría ser incorporar novedades en lo discursivo pero asimismo en el marco de alianzas. “Tenemos que ofrecer un proyecto de país superador del proyecto actual (por Cambiemos) y del que terminó el 9 de diciembre de 2015. Se trata, no de reconstruir lo que fue, sino de construir lo que viene”, exhortó.

La invitación a innovar en términos programáticos ya encontró un primer paso: a propuesta de CFK, se incorporó la categoría ‘feminista’ a la tríada ‘nacional’, ‘popular’ y ‘democrático’.  De hecho en el encuentro realizado en los pagos de Mario Secco se vivió como una novedad -no sin cierta resistencia- la utilización generalizada del llamado ‘lenguaje inclusivo’. Quienes usaban el ‘compañeras’, ‘compañeros’ y ‘compañeres’ eran jóvenes, en su mayoría casi adolescentes, que relataban ante la multitud lo que se había discutido en cada una de las comisiones.

Otra de las novedades que pide Máximo puede encontrarse en el –novedoso- protagonismo que tiene hoy el sindicalismo en los espacios institucionales de Unidad Ciudadana. No parece casualidad que en la elección legislativa de 2017 la rama gremial haya recuperado el 33% de las diputaciones que ingresaron al Congreso por el kirchnerismo de la provincia de Buenos Aires. Esa proporción puede ser leída como un esfuerzo por superar las contradicciones que alejaron al FpV-PJ del polo mayoritario del movimiento obrero en el último mandato de CFK. Ese desencuentro, no es un secreto, contribuyó a los resultados electorales de 2015.

Las palabras de Máximo desde el polideportivo municipal de Ensenada coincidieron con el avance del llamado ‘caso de los cuadernos’, una saga en la que están involucrados agentes de inteligencia y que, ante la endeblez de la prueba inicial, giró luego hacia las declaraciones de empresarios y ex funcionarios supuestamente arrepentidos. “Si algo necesita este gobierno es desmovilizar a la sociedad”, advirtió el hijo de CFK en otro tramo de su discurso.

El kirchnerismo, en ese sentido, parece actuar por contraste dialéctico con los objetivos de la Casa Rosada. Si el macrismo intenta instalar la desmovilización, la antipolítica y una presunta desilusión por todo, Unidad Ciudadana opta por lo opuesto: eso explica por qué en la noche del martes miles de militantes de las agrupaciones que conforman UC salieron a pintar paredes en todas las provincias del país.

Tal como lo plantearía su madre esta semana en el escrito presentado ante Bonadio, Máximo lo calificó como parte de una persecución. Con crudeza, dijo que Mauricio Macri puede hacer con la familia Kirchner “lo que quiera”.

“Podrá hacer con nosotros lo que quiera. Y vemos que puede hacer con nosotros lo que quiere. El emperador (por Macri) dice ‘Cristina’ y ahí sale el Partido Judicial, con jueces que han tenido más de 70 causas y pedidos de juicio político, que no han hecho nada por los argentinos, pero sí para mantenerse y obedecer al presidente. La idea que tienen es poner a Cristina a disposición del Poder Ejecutivo, como en las viejas épocas”, cargó en lo que fue el párrafo más explosivo de todo el acto.

En medio de una ofensiva durísima ejecutada por una joint venture de actores locales e internacionales, el kirchnerismo intenta ingeniárselas para no quedar estancado en el rol de blanco móvil. Por un lado, intenta aguantar el ataque de un gobierno que está desesperado por el fracaso de todas sus variables y la posibilidad de un estallido. Pero al mismo tiempo busca prevalecer en el marco de los debates silenciosos que circulan dentro del peronismo.

“No vamos a permitir que la oposición sea a medida del gobierno. Porque eso es lo que pudimos ver en el año 2017, cuando tuvimos que enfrentar, en la mayor de las desigualdades, al aparato mediático y a todo el aparato estatal, en el marco de una campaña sobre la que no pueden justificar los aportes”, remarcó Máximo hacia el final de su exposición. “Nosotros queremos una Patria diferente, mejor de la que nos dejó Cristina en 2015. E inmensamente antagónica a esta que están construyendo”, remató luego.

Está claro: hoy en el país también se está discutiendo cómo será el peronismo que regrese al Estado en el caso de que la experiencia política de Cambiemos no tenga continuidad.

 @MartinPique