(por Andrés Fidanza) A contramano de su recurso histórico, esta vez el macrismo no polarizará de forma excluyente con el kirchnerismo. Los riesgos para el oficialismo son principalmente dos: agrandar la figura de Cristina Kirchner por encima del massismo y el randazzismo, al punto de que la expresidenta gane la legislativa bonaerense; y que el juego de los contrastes con el anterior gobierno sea una lengua muerta para las miles de personas que no encajan del todo en el esquema de la grieta. Muchos de esos votantes optaron por Mauricio Macri en el balotaje del 2015, pero lo hicieron tibiamante y en una suerte de apoyo en consignación.

A un año y siete meses de iniciado el ciclo macrista, al oficialismo no le sobran los motivos para reclamar una revalidación de ese aval. Sin grandes logros económicos a la vista, el gobierno busca renovar su contrato con el electorado, a partir de una simple y descarnada solicitud de paciencia. Un planteo que hasta el año pasado resultaba más razonable y efectivo. Ahora, el principal riesgo para Cambiemos es que ya no resulte creíble.

Con la campaña electoral empezada de facto, Mauricio Macri ya ensayó esa modificación de discurso. A la promesa de cambio le sumó el pedido de mantener la esperanza. El viernes pasado, durante una cena en la quinta de Olivos, fue una de las palabritas que más repitió ante el pelotón de candidatos de Cambiemos.

En su intento por meter mística en la tropa, y a la vez bajar algo parecido a una línea conceptual, pivoteó sobre la esperanza: recomendó promoverla, fortalecerla y hacerla crecer entre “la gente”. Una apuesta parecida a la del 2015: ilusionar al electorado, con la ayuda de imágenes instaladas, malas famas y sobreentendidos.

Pero con una diferencia a la baja: esta vez ni Macri, ni María Eugenia Vidal, ni sus candidatos confrontarán directamente con CFK. En la cena de Olivos, los postulantes a diputados y senadores, como Graciela Ocaña y Esteban Bullrich, ya recibieron esa sugerencia.

Paradojalmente, Cristina Kirchner no quería ser candidata. Aceptó casi a desgano, al entender que ningún otro dirigente de su espacio expresaba de forma confiable y eficaz lo que ella pretendía encarnar: una oposición ideológica firme contra el macrismo. Y si bien muchos funcionarios del oficialismo preferían competir electoralmente contra CFK, ahora el macrismo no podrá sacarle todo el jugo que imaginaba a la estrategia de los contrastes.

En adelante, en lugar de medirse de forma excluyente con Cristina Kirchner y su Unidad Ciudadana, el oficialismo ofertará un corte genérico entre pasado y futuro, englobando a las tres variantes del peronismo opositor: el kirchnerismo, el Frente Renovador de Sergio Massa y el espacio Cumplir de Florencio Randazzo.

Al despersonalizar la rivalidad con Cristina Kirchner, existe una señal de alerta para Cambiemos. Sin logros visibles de los que jactarse, sin un menú de medidas que resulte seductor a futuro (el objetivo de achicar el déficit fiscal definitivamente no lo es), y sin siquiera una pelea para ofrecer, el macrismo corre un enorme peligro: diluir su propuesta electoral.