(por Andrés Fidanza) El macrismo eligió candidatos de un perfil bajísimo, al borde del desconocimiento popular y el carisma discutible, como Gladys González y Esteban Bullrich. En paralelo, rechazó la postulación de Elisa Carrió en provincia de Buenos Aires. Su cálculo inicial era que la buena estrella de la gobernadora María Eugenia Vidal iba a ser suficiente para atravesar con éxito el trámite legislativo. Sin la presencia desbordante de Carrió para hacerle sombra, el empuje de Vidal iba a alcanzar para garantizar un triunfo bonaerense. Ajustado, pero un triunfo al fin.

El gobierno a su vez alentó la candidatura de Cristina Kirchner, especulando con la conveniencia de jugar a la polarización con el pasado peronista: Sergio Massa y Florencio Randazzo incluidos en ese pelotón. Pese a esa optimismo en la estrategia electoral, el oficialismo no logró meter un sólo gol económico que fuera palpable a nivel masivo. Ante ese panorama a la baja, contra-ofertó un pedido de paciencia, en base a una declaración de buenas intenciones, honestidad y capacidad de autocrítica. Y algo más: solicitó el auxilio de Carrió, quien debió acoplarse de apuro a los timbreos bonaerenses, después de haber sido rechazada por Vidal. A partir de concesiones semejantes, Lilita sigue acumulando crédito, poder y atribuciones dentro de la alianza de Cambiemos.

Para compensar ese escenario adverso, el oficialismo persevera en su optimismo colocado. Y lo hace en contra de la reciente devaluación del dólar, un movimiento que se traducirá en otra tanda inflacionaria. En parte por eso Jaime Durán Barba les recomienda a los candidatos de Cambiemos evitar el tema de la economía. Los principales medios hacen su aporte: se esfuerzan por mantener un trato amable hacia el gobierno.

Así, sin demasiadas alternativas a la mano, el macrismo apuesta a repetir el clima de la elección de 2015, tanto en su resultado como en el desarrollo de los meses posteriores. Una vez concretado el triunfo de Mauricio Macri en el balotaje, se abrió una etapa en la que no había decepción posible por parte de su electorado. Ni siquiera ante la enumeración de las promesas no realizadas o directamente incumplidas. Porque la principal promesa de campaña, o al menos la más relevante, era simplemente cambiar el ciclo político. La propuesta de Macri era cerrar la etapa kirchnerista y dar vuelta la página histórica. Y así lo hizo.

Un año y medio después, es posible que se hayan modificado el ánimo y las expectativas sociales. Incluso para una buena parte del electorado del PRO. La ratificación del cambio, sin resultados socio-económicos a la vista, quizás no sea una oferta tan tentadora y potente. Los simpatizantes macristas, sin embargo, seguirán apoyando al oficialismo. Aún a desgano, lo acompañarán. Esa pérdida cualitativa de entusiasmo en el voto parece marcar el pulso de la campaña.